Entre los siglos XVI y XIX cientos de miles de hombres, mujeres y niños fueron secuestrados, trasladados en barcos a tierras desconocidas y vendidos como esclavos.
No estamos hablando del comercio del centro y oeste de África a europeos occidentales para ser llevados a América, sino de europeos occidentales capturados por los corsarios otomanos para venderlos en el norte de África.
Usando galeras de remo, los corsarios otomanos saquearon metódicamente el Mediterráneo. El negocio de los berberiscos, que también tomaban barcos, mercancías y cautivos europeos en el mar, era mucho más grande de lo que muchos imaginan. Se estima que, a lo largo de tres siglos, los corsarios que operaban en los puertos de la costa de Berbería (en el norte de África) capturaron y esclavizaron a más de un millón de europeos.
En incursiones esclavistas musulmanas, conocidas como razzias, los piratas berberiscos capturaban cristianos en ciudades y pueblos costeros europeos, principalmente en Italia, Francia, España y Portugal, pero también en las Islas Británicas, los Países Bajos, y tan lejos como Islandia.
Muchos eran vendidos como esclavos en la ciudad de Argel. Primero, los nuevos cautivos eran obligados a desfilar a lo largo del Al-Souk al-Kabir mientras los vendedores gritaban para atraer compradores.
Una vez en el mercado de esclavos, los cautivos eran desnudados y examinados. Los hombres tenían que saltar, para mostrar su condición física, y eran golpeados con palos si no cumplían con prontitud. Los compradores examinaban los dientes de los cautivos masculinos para ver si eran aptos para el trabajo como remeros en las galeras, la cual era considerada como la peor de todas las condenas en vida. Los compradores también examinaban sus manos para ver si tenían callosidad. Las manos suaves indicaban una vida de facilidad y riqueza, y por lo tanto, potenciales beneficios en forma de un gran rescate.
(Leer más en: https://www.bbc.com/mundo/noticias-46870271)

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El 28 de septiembre de 1831, mientras permanecía exiliado en Uruguay durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, Salvador María del Carril contrajo primeras nupcias con la porteña Tiburcia Domínguez, una joven 16 años menor que él. El matrimonio tuvo una prolífera descendencia: una mujer y seis hijos varones.
Los primeros 25 años de matrimonio no parecieron ser complicados, porque si bien tuvieron algunas dificultades económicas en el exilio, no fueron graves. Sin embargo insólitamente los problemas parecen haber empezado cuando mejoró la situación económica de del Carril, quien tuvo la suerte de recibir una herencia de su familia y de compartir algunos emprendimientos con el acaudalado Justo José de Urquiza.

A partir de entonces Tiburcia descubrió que padecía una compulsión: la de gastar dinero en joyas, perfumes y vestidos, lo cual comenzó a generarle serias dificultades con su marido, quien le reclamaba que cuidara sus gastos.
Harto ya de esta situación, en 1862 del Carril publicó una solicitada en todos los medios de Buenos Aires, informando que él ya no se haría cargo de los gastos de su cónyuge, motivo por el cual exhortaba a los comerciantes a que cancelaran el crédito del que ella era acreedora por su condición social, exponiendo a su esposa a un escarnio público.

Tiburcia se sintió humillada a tal punto que, sin llegar a separarse de su esposo, no volvió a dirigirle la palabra. Así, en silencio, vivieron durante 20 años más, hasta que Don Salvador murió el 10 de enero de 1883. Ella lo sobrevivió 15 años. Se cuenta que cuando le informaron de la muerte de su marido se limitó a preguntar: ¿cuánto dinero dejó?
Cuando la viuda advirtió que no era poco, convocó al arquitecto francés Alberto Fabré, para que, en un predio que el matrimonio poseía en Lobos, construyera una enorme residencia en la que luego organizaría grandes fiestas destinadas a agasajar a sus amigos.

Pero esa opulenta vida no apagó el odio que evidentemente seguía sintiendo por su difunto esposo, a tal punto que encargó a Camilo Pomairone, un majestuoso mausoleo en el cementerio de la Recoleta, ordenándole construir una estatua de su marido sentado en un sillón mirando hacia el sur. La idea era que, cuando ella falleciera, se erigiera un busto de sí misma que debía colocarse de espaldas al de su marido, argumentando que, aún después de muerta, iba a seguir enojada con él.

(Nota completa en infobae)La imagen puede contener: personas de pie

 

Jamás me voy a cansar de decirlo, y porque no lo encuentro en muchas personas, que debemos ser agradecidos. Agradecer por la vida, por el cielo, por el sol o las nubes, por los aromas, las comidas, las personas que nos rodean…

¡Desdramaticemos y riamos más! No olviden que la risa adelgaza.

Siempre recuerdo una anécdota que me sucedió mientras vivía en una granja. Al entrar a la casa del casero, la suciedad era tan espantosa, que eyectaba a los visitantes. Miré en derredor y me dije:

  • Observá bien tanta inmundicia, porque roña como esta ¡jamás volverás a ver!

¡Seamos agradecidos! Ejercitemos el optimismo y la risa fácil; y a lo desagradable le regalamos una leve cuota de ironía, luego sigamos de largo porque no merece nuestra atención ¡Existe tanta belleza en aquello que nos rodea y obviamos por cotidiano y repetido!summer_rain

TIERRA INDIA La Dama Escondida

Patricia ork, sobrina de los poderosos duques de York, inglesa hasta los huesos, ha recalado en la Buenos Aires de principios del siglo XIX en busca de un matrimonio que se frustró, uno que le daría fortuna y tranquilidad a su ilustre apellido. Ahora, sola, sin nada que hacer en un país que aborrece, a pesar de que uno de sus tíos la cobija, decide partir sin más dilaciones.
Sin mucho conocimiento del mundo náutico ni de los marinos y las embarcaciones pero llena de soberbia y orgullo, elige una nave cualquiera que le promete llevarla de regreso a Inglaterra.
Sin embargo, un motín a bordo hace que Patricia sea vendida casi como una esclava, reducida a servir a un hombre que la mantiene encerrada después de que haya atendido la fonda que regentea. Cuando logra escapar, se refugia entre los tehuelches.
Allí, donde la soberbia y el orgullo no son tenidos en cuenta, no le importan a ninguno y no intimidan a nadie, a Patricia le será necesario encontrar la dama que tenía escondida, incluso para sí misma.

Susana Biset retoma a los personajes de la saga Tierra India, a Lheena, a William, a Eduas y nos descubre una Patricia inesperada en una historia llena de peripecias y aventuras, de desencuentros y penurias; en un viaje que se transforma, y también, en un viaje interior.

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Dentro de un edificio blanco con la pintura desgastada, Elsie Eiler, de 84 años, voltea frituras de cerdo y abre botellas de cerveza para un par de clientes habituales bajo un letrero que dice: “Bienvenido a la mundialmente famosa Taberna Monowi. ¡La cerveza más fría en el poblado!”.

Cada año, cuelga un aviso en el único negocio de Monowi (su bar) anunciando elecciones para alcalde, y luego vota por ella misma. Se le exige que presente un plan municipal cada año para obtener fondos estatales, y luego recauda anualmente alrededor de USD$500 en impuestos para mantener encendidas las tres farolas del pueblo y el agua fluyendo.

“Cuando solicito al estado mis licencias de licor y tabaco cada año, las envían a la secretaria del pueblo, que soy yo”, explica. “Entonces, los recibo como secretaria, los firmo como empleada y me los entrego como la dueña del bar“.

 
El 25 de julio de 1865, las manos de la enfermera Sophia Bishop temblaron frente al cadáver del gran médico y cirujano militar de la Corona, muerto por disentería a sus 69 años. Temblaron cuando, al quitarle las severas ropas militares, apareció el cuerpo de una mujer.
Entre los siglos XVIII y XIX se consideraba un repugnante vicio ejercer la medicina por una mujer en Inglaterra, Irlanda y Escocia.
Margaret Ann Bulkley, nacida en Cork, Irlanda, en 1789, se atrevió a ser él (James Barry), nombre de su tío, un notorio pintor, que no sólo le prestó su nombre: urdió todo el operativo de travestismo para que su sobrina pudiera sentarse en un escaño de la Universidad de Edimburgo.
Y con un cómplice: el general revolucionario venezolano Francisco de Miranda, que le prometió llevarla a América cuando lograra su diploma.
Por gratitud, ella (él) se autobautizó James Miranda Stuart Barry.
James se recibió en el solemne y machista templo de Edimburgo y luego formó parte del cuerpo de cirujanos del ejército. Margaret, entonces, quedó atrapada en el cuerpo de James Barry, personaje que ella misma había creado.
Hizo una carrera extraordinaria en India, Jamaica, Malta, Corfú, Isla Mauricio, Trinidad y Tobago, Canadá, Crimea y su terrible guerra, la mítica batalla de Waterloo y en Sudáfrica jugó su partida más audaz: la primera cesárea en el Imperio Británico con éxito. Sobrevivieron madre e hijo, bautizado como “James Barry” en honor al cirujano que hizo el milagro…
Margaret usaba ropas militares y se destacaba por su elegancia
Fue clave en la lucha contra la lepra y el cólera, y tan dura (o más) que un hombre ante conflictos de honor. No vaciló en batirse a pistola en Sudáfrica contra un colega que dudó de su hombría.
Al parecer, la enfermera y los médicos que prepararon su cuerpo para el funeral fueron más allá de descubrir que era una mujer: tenía huellas de un antiguo embarazo.
A pesar del previsible escándalo que desató el caso, Margaret fue sepultada como James Barry.
james barry