Archivos para el mes de: julio, 2016

Si al final de mis días tuviera que elegir qué estampas pondría en el álbum de mi vida, seguramente seleccionaría aquellas que corrieron como agüita de vertiente, las más felices y sensibles, ésas que transcurrieron livianas, sin dar nota, ésas casi intrascendentes y que muchas veces no tuve en cuenta porque no horadaron mi corazón, dejándole marcas indelebles. Pondría los instantes disfrutados con mi gente, mi familia, mis amigos; las reuniones donde la sonrisa recorría plena mi rostro, las mateadas al lado de alguna pileta o bajo el tibio sol de invierno, las caminatas en grupo conversando de cualquier cosa y de nada al mismo tiempo, las charlas intercambiando opiniones de diferentes libros con mis amigas escritoras y lectoras, la sencilla sabiduría de los humildes… pero por sobre todo dibujaría en las primeras páginas las ocurrencias de los chiquillos y las anécdotas de los involuntarios protagonistas que sorprendieron mis jornadas, coloreándolas.
Justamente por ser ésas las historias que menos cicatrices dejaron en mi espíritu, temo olvidarlas. Entonces las escribo.

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Escalera y puerta que dan a ninguna parte… ¡Las historias se inician a partir de diminutos detalles como esos! ¿Qué sería de la vida sin la fantasía o los sueños que nos dan aliento para seguir adelante a pesar de cualquier inconveniente?

La historia en retazos

Clery Evans –descendiente directa de los inmigrantes galeses en la Patagonia- decía que las bisagras de la historia estaban formadas por pequeños sucesos, y relataba el incidente del caballo malacara de su abuelo. (Ese es otro relato)

En Prohibido Amar hablo de cómo los sucesos se acomodaron para que un anónimo chiquillo, vendido por su madre, luego fuera cacique de los tehuelches, reemplazando a la poderosa cacica María la Grande “La Reina”.

 

 

“…También asistieron a un remate insólito.

Porque no tenían nada más importante por hacer, fueron hasta el patio del fortín donde se desarrollaba la extraordinaria transacción.

Una vez más un militar —Bibois de nombre— intentaba comprar a un chiquillo tehuelche. La madre, de nombre Junijuni, era una mujer deforme, golpeada, le faltaba un cacho de nariz, y tenía tremendas cicatrices en toda la parte del cuerpo que mostraba expuesto. Jacques se asombró, el tehuelche trataba muy bien a sus mujeres, jamás las golpeaba y accedía gustoso a sus requerimientos. Y esa mujer

demostraba todo lo contrario.

—Ella oochel, gato montés, chescheuenk —le dijo uno de los jóvenes patagones que trabajaba en su estancia, quien casualmente también se encontraba allí y estaba junto a él. El muchacho le mostró cómo la mujer se había hecho sajar los brazos y las piernas —¡gaánkenk káarken!

Con lo cual el francés dedujo que la lujuria sexual de esa madre debía ser bastante agitada.

El muchacho también le comentó que ella tenía como una docena de hijos y ya quería deshacerse de algunos de ellos.

—¿Y qué pide por él?

El tehuelche escuchó un momento.

—Tabaco y aguardiente, tanto como puedan tomar ella y todos sus amigos y parientes durante tres días seguidos —y le mostró a un grupo de hombres alrededor de ella.

—¡Por Dios! —exclamó Jacques espantado.

¿Tan poco valía esa preciosa criatura?

Bibois mientras, lo mantenía contra su cuerpo, como si el estar junto a su madre pudiera contagiarlo de algo espantoso, a todas vistas deseoso por concretar de una vez la desigual transacción.

Al final, y luego de una ardua discusión entre los aborígenes sobre la cantidad de bebida que podrían consumir, aparentemente llegaron a un acuerdo porque los tehuelches se retiraron y el pequeño quedó, asustado y con su mirada fija en la nada, pegadito a los pantalones de su nuevo padrastro…”

Este cuadro colocó papá en el living de nuestro hogar cuando peor andaban sus negocios.
“Algunos consideran que la empresa privada es como un tigre al que hay que disparar, otros la ven como una vaca a la que hay que ordeñar, pero pocos la ven como lo que realmente es: un robusto caballo que tira del carro”.
Winston Churchill.papá

Mañana gratis en amazon kindle “Prohibido Amar”

En la Patagonia argentina corre el año 1826. Carmen de Patagones vive bajo el temor constante de las acometidas invasoras, tanto brasileras como nativas, y de los temibles hermanos Pincheira.
Muchos de los barcos que intentan llegar a su orilla naufragan al entrar al curso hídrico del Río Negro. Uno de ellos, Le Petit Enfant, traslada a un hacendado francés. Esta nave, muy cerca de arribar, sucumbe bajo una poderosa tormenta. Jacques consigue salvarse y continúa viaje hacia su campo ubicado más al sur.
En uno de sus trayectos al pueblo compra varios esclavos y una muchacha tehuelche. Desde ese instante Nuil, con su carácter tan especial, comienza a incidir favorablemente en cada habitante de la estancia. También, y sin ser descubierta su identidad, decide meterse bajo las sábanas del francés. Pero ella no sabe que Jacques porta una maldición que le impide amar.

A medida que el lector vaya adentrándose en la novela conocerá parte de la historia de Carmen de Patagones, se verá subyugado por el encanto de Nuil y correrá las páginas intentando dilucidar cuál es ese morboso secreto que tanto martiriza al francés.Nueva imagen copia

Con inmensa satisfacción he podido hacer realidad uno de mis anhelos: publicar mi novela sobre violencia psicológica, uno de los mayores flagelos de esta época y que muchas veces no sabemos distinguir en nuestra cotidiana existencia.
Sea éste mi legado a quienes la padecen para que puedan informarse y luego obrar en consecuencia. ¡Mi más amoroso abrazo! Ellos saben por qué.

Tapa Inocencia

“Por amor a Cristina” (dedicado a una de mis hermanas que se llama así) es mi novela situada en la época de la revolución de mayo. ¡Cuánta inquietud! ¡Cuánto fervor patrio circulaba en aquellos tiempos! Todo era tan dificultoso y lento de llevar a cabo.

El viaje de Buenos Aires a Tucumán duraba entre 25 y 50 días.
La galera fue el medio de transporte más rápido utilizado por los diputados para viajar a Tucumán. Hacía el camino de Buenos Aires a Tucumán en 25 ó 30 días. Transportaba hasta 10 pasajeros, pero no llevaba mercaderías. Las mensajerías las utilizaban para transporte, correspondencia y carga. En el techo se llevaban los bultos, petacas… Generalmente llevaba diez pasajeros y en tiempo normal eran tiradas por diez caballos que debían ser cambiados cada 4 leguas. Cuando llovía mucho o había que transponer los malos pasos de los arroyos pantanos, se le agregaban cuatro y más cuartas. La dirigía el mayoral y dos o más postillones que conducían las cuartas delanteras montados en sus recados. El mayoral también se encargaba de la correspondencia y era él quien tocaba la corneta al llegar a las poblaciones anunciando la proximidad de la mensajería. Estaba acolchada por dentro y tenía numerosos bolsillos para guardar los objetos personales de los viajeros.
¡Imaginen los roces entre rodillas de diferentes sexos! cuan incómodo ello ponía a las mujeres. Además a los costados estaban las saliveras, sitios donde los hombres podían escupir.
Tapa Cristina

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Nota de la autora y Prólogo:
NOTA DE LA AUTORA

Este libro está escrito con inmensa ternura hacia los comechingones. Con mi visión personal de cómo los imagino, a través de su protagonista, una chiquilla que va madurando a medida que transcurre la novela, describo sus tranquilas existencias, costumbres, vestimentas, alimentación, predilecciones y temores.
Siento profundo cariño y respeto hacia las raíces de la civilización en esta maravillosa Argentina; país de riquezas increíbles cuya tierra parece siempre estar preñada, a punto de parir sus plétoras, y quienes primero la poblaron supieron aprovechar, tomando solamente cuanto requerían para subsistir, porque sabían que si recogían de más, el exceso se perdería.
Favorecidos por la generosidad de este maravilloso terruño, los comechingones pudieron disfrutar de tiempos libres, incluso devolviendo sus dádivas con gratitud.
No soy descendiente de aborigen, algo que lamento por varias razones; aun así, me siento identificada con ellos en muchos aspectos, especialmente en su independencia; palabra que no expresa rebeldía sino la más absoluta libertad de pensamiento y actitud.
Me pregunto ¿de dónde nos brotó el juicio, basándonos en qué nos arrostramos el derecho a juzgarlos? Y peor ¡de haberlos exterminado! Al pensarlo se me sacude el alma porque, ineludiblemente, formo parte de esa consecuencia.

PRÓLOGO

– ¡Roberto, mirá hacia la barranca! ¿Qué es eso que sobresale?
Su tío, quien era muy analista y meticuloso, aproximó la canoa hacia el borde del río Quillinzo, se puso de pie sobre el piso inestable, y con gesto ceñudo observó lo que Benjamín le estaba señalando. No conforme con su estudio, se acercó un poco más, colocándose las gafas.
Ese fin de semana largo estaban disfrutando de una excursión de pesca, otra de las tantas que solían hacer. En esta oportunidad habían ido a pescar tarariras junto a las quebradas del Río Quillinzo.
Era la estación invernal, la más seca, aquélla donde el caudal acuífero del río mermaba imperiosamente hasta mostrar sus desnudas entrañas.
La tarde estaba apacible y cálida, y las paredes expuestas se erguían a la vera del bote como silenciosas murallas.
– …. Parece un trozo de madera tallado -expresó Benjamín para ayudarlo, acelerando la investigación.
– No, a ver, dame la chuza, voy a romper un poco la tosca que la rodea.
Cuando tuvieron el objeto entre sus manos, con cuidado lo colocaron sobre el piso de la lancha, observándolo detenidamente.
– Es una caja de madera -exclamó el más joven.
Roberto meneaba la cabeza, fascinado.
– ¡Observa el detalle de su tallado, es increíble!
Con la punta de un cuchillo levantaron la tapa, la separaron y miraron qué había dentro de ella.
Su interior parecía estar recubierto de cuero. Intentando l menor daño posible, lo corrieron.
– ¿Y eso? –exclamó impaciente Benjamín.
El era vehemente y apurado por obtener resultados en la vida; Roberto, en cambio, poseía la apacibilidad de los que han pasado por ella y saben que es mejor detenerse a analizar los acontecimientos para llegar a una conclusión acertada. Detestaba las sorpresas; su sobrino las provocaba.
– Parecen los huesos, de un rabo probablemente -inclinó su rostro y miró con detenimiento dentro de la caja tallada- y esto es ¡la punta de una flecha! -La levantó entre sus dedos y la puso contra el sol- ¡Cuánto brillo! ¿De qué piedra estará hecha? ¡Y su peso!–de pronto se detuvo- ¡Ya sé, volframio! Tan oscura y perfecta.
– ¡También hay una flauta! -casi gritó Benjamín al tiempo que la sacaba- ¿Cómo es posible que se haya conservado tan entera si es de caña?
Dentro aún quedaba algo que a la vista parecía polvo, y si lo hubiesen hecho analizar habrían averiguado que ese montículo de casi nada, alguna vez había sido un precioso ramo de jazmines.
– Debe ser una caja confeccionada por nuestros antepasados, los comechingones.
– ¿Te parece? –dudó el más joven- ¿No tenían sus ayllos sierra arriba?
– Así es, pero recuerda que el Quillinzo se abastece de muchos arroyos serranos, el Guacha Corral es uno de ellos. Por nombrarte alguno.
No imaginaban que la caja guardaba una historia asombrosa.

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