Archivos para el mes de: noviembre, 2016

 

El presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, envía en 1854 una oferta al jefe Seattle, de la tribu Suwamish, para comprarle los territorios del noroeste de los Estados Unidos que hoy forman el Estado de Wáshington. A cambio, promete crear una “reservación” para el pueblo indígena.

El jefe Seattle responde en 1855.

 

El Gran Jefe Blanco de Wáshington podrá confiar en la palabra del jefe Seattle con la misma certeza que espera el retorno de las estaciones. Como las estrellas inmutables son mis palabras.

¿Cómo puede usted comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? La idea resulta extraña para nosotros. Si no nos pertenecen la frescura del cielo ni el destello del agua ¿cómo nos los podrían comprar ustedes?

Cada partícula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. El majestuoso pino, la arenosa ribera, la bruma de los bosques, cada insecto que nace, con su zumbido… es sagrado en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia que recorre los árboles lleva los recuerdos del piel roja.

El agua centelleante que corre por los arroyos y los ríos no es agua solamente: es sangre de nuestros antepasados. Los ríos son hermanos nuestros, mitigan nuestra sed, conducen nuestras canoas, alimentan a nuestros hijos. Sabemos que el blanco no entiende nuestra manera de ser. Un pedazo de tierra, para él, es igual que el siguiente. Es como un extraño que llega durante la noche y arranca de la tierra lo que necesita y se va. Trata a su madre la tierra y a su hermano el cielo como cosas que pueden comprarse, saquearse, ser vendidas como carneros o relucientes abalorios.

No sé. Nuestras costumbres son diferentes a las de ustedes. La imagen de sus ciudades hiere la mirada del piel roja. Pero, posiblemente, es porque el piel roja es salvaje y no entiende.

No hay tranquilidad en las ciudades del blanco. No hay en ellas lugar donde se pueda escuchar el rumor de las hojas en primavera o el susurro de las alas de un insecto. Pero quizá digo esto porque soy salvaje y no entiendo. En sus ciudades el ruido solo insulta a los oídos. ¿Cómo sería la vida si el hombre no pudiera escuchar el grito solitario de la chotacabra o la animada conversación nocturna de los sapos en las ciénagas? Yo soy piel roja y no entiendo.

El indio ama el sonido suave de la brisa al deslizarse delicadamente sobre la superficie de la laguna o ese olor característico del viento purificado por la llovizna mañanera y perfumado por la esencia de los pinos.

El aire es precioso para el piel roja porque todas las cosas comparten el mismo aliento. La bestia, el árbol, el hombre… todos compartimos el mismo hálito. Y si nosotros les vendemos nuestra tierra, ustedes deberán mantenerla intacta y sagrada, como un lugar a donde incluso el hombre blanco pueda ir a saborear el viento purificado por el perfume de las flores.

De manera pues, que estamos considerando su oferta de comprar nuestra tierra. Si decidimos aceptar, lo haremos con una condición: el hombre blanco deberá tratar como hermanas a las bestias de estas tierras. Yo soy un salvaje y no entiendo otra forma de pensar.

Pero nosotros sabemos algo que el hombre blanco descubrirá algún día: que nuestro Dios es el mismo Dios de ellos. cacique-seattle

 

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Amar y ser correspondido es una de las empresas más complicadas y maravillosas de nuestra existencia. Es una lid que abarca cada segundo de nuestras vidas y nos lleva a la más absoluta felicidad o a la más estrepitosa desolación.

Jamás den por sentado que el otro sabe que ustedes lo aman. ¡Tantas veces he escuchado!: No necesito decírselo, ya sabe que la amo.

¡Gran error! Al amor se lo demuestra, se lo nombra, se lo expresa con actos y palabras, se lo cuida y cultiva como una planta en un frasco. El amor es un tul que se vuelve a tejer cada nuevo amanecer. Se cede en ciertos puntos, se aprieta en otros, en algunos se entrelazan los hilos de tal manera, que solo quienes están en la relación pueden hacerlo.

Olviden que ya le han dicho cien veces que lo quieren y vuelvan a decírselo, olviden que lo han felicitado por este o aquel logro y repitan palabras; recuerden acariciar, complacer pequeñas predilecciones, resaltar virtudes y minimizar defectos. Si nuestra pareja ha tenido un inconveniente y está desanimada, de nada sirve dar por sentado que si nos necesita, estamos a su lado. ¡Díganselo! una o docenas de veces.

¿Cómo dije? Es un tejido que se rearma cada nueva alborada.

¡Sabio y sagaz director de orquesta! renaciendo en las mañanas y yéndose a descansar cuando cae el sol, con la certeza que deberá reiniciar su labor cuando la luz aparezca en el horizonte.

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Me enoja mucho que los pesimistas se molesten porque somos felices. ¿Será envidia, celos, egoísmo o incapacidad para percibir lo que las personas alegres pueden notar?

Soy alegre y disfruto de cada instante de la vida. Intento apreciar la belleza incluso en los ínfimos soplos de aire, de la primavera emergiendo o del otoño cerrándose; del calor o el frío insoportables porque sé que alguna vez disminuirán. Me complacen los momentos que comparto junto a la gente alegre y sencilla, ya que acompañan mis predilecciones, y junto a los malhumorados y complejos, porque con sus actitudes me demuestran de quiénes debo alejarme. Quiero pegarme a los seres risueños que derrochan hermosa energía, reconociendo que a veces fingen para no mostrar sus pesares (todos los tenemos), y de vez en cuando pierdo tiempo deteniéndome a analizar a los negativos, ya que con su comportamiento aprendo de qué debo alejarme. Aprecio los instantes buenos y también, los malos; los buenos, porque llenan mi espíritu, y los malos, porque me enseñan cuán lejos de ellos se encuentra lo que realmente tiene valor.

Y si a alguien le molesta mi risa, la virtud de sobreponerme ante los inconvenientes o de sonreír a pesar de sentirme acongojada, entonces lamento su incapacidad para ver la belleza que existe en todo ello.

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Hoy, que se debate si los autores autopublicados valen o no (debate innecesario porque nadie nos obliga a leer a este o aquel autor) recuerdo mis humildes inicios como novelista. No fui de las bendecidas por una gran editorial, por más que en reiteradas ocasiones les envié mis escritos, sino que debí hacerme lugar pagando por publicar mis novelas.
Cuando la primera vez le dije a mi familia que pondría 30.000$ (más o menos esa cifra fue a valores actuales) para imprimir una de mis novelas, me respondieron:
– Bien, si es tu deseo tirar 30.000 a la calle…
Aun así insistí y lo llevé a cabo.
También recuerdo que durante una charla en que los alumnos de cierta escuela de pueblo me hacían preguntas, uno de ellos inquirió:
– ¿Cómo hace para publicar sus novelas?
Entonces le conté mis esfuerzos y los caminos que había seguido. Al escucharme, la profesora espantada abrió enorme sus ojos y comenzó a recular, sin duda arrepentida de haberme invitado porque creía que yo era famosa e importante, valorada por las más grandes editoriales; en cambio venía a enterarse de que simplemente era un ser humano como cualquiera de los varios que estaban en ese salón.
Sí, reconozco que soy ni más ni menos que esto, una mujer medio disparatada y algo extravagante que tuvo el coraje de cumplir su mayor sueño.
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