Archivos para el mes de: febrero, 2016

Quiero contarles algo que relató una actriz durante una entrevista, demostrando con ello el enorme valor de las madres.

Ella no tiene hijos. Cierto día con su pareja fue a buscar a la hija menor de él para sacarla a pasear.

La madre de la criatura, mientras, aprovecharía a vestirse, producirse y tener un día de mujer sola.

Cuando arrancaron la camioneta, la chiquilla comenzó a vomitar y llorar pidiendo a gritos por su mamá.

La actriz miró el desastre en el que se había convertido el vehículo y le dijo a su pareja:

  • ¡Ah, no! ¡La devolvemos ya mismo!

Dieron la vuelta y regresaron. En la calle encontraron a la madre ya arreglada y muy bella, quien feliz estaba iniciando su día personal. Al ver a su hijita llorando, se agachó sin importarle estar bien vestida y la abrazó con fuerza, probablemente ensuciándose con su vómito. Luego le tomó la mano con una sonrisa repleta de amor y ambas regresaron a su hogar.

La actriz, tal vez con un poquito de envidia, al verlas comprendió asombrada cuánto amor existe en una madre, cuánto desinterés y cuánta abnegación.

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Los patagones jamás permanecían ociosos. El único que podía quedarse era el cocinero. Los demás salían a cazar, cortaban leña, recogían sal o hacían espuelas y pipas.

Para las boleadoras recogían piedras y las redondeaban. Luego las cubrían con piel sacada de las articulaciones posteriores de los guanacos. La correa que las unía se hacía de la piel del cogote del animal. Extraída entera se la sobaba, pelaba y curtía. Después se cortaban con cuidado las tiras y se las trenzaba. Con estas también se fabricaban riendas y lazos.

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Puedes tener defectos, estar ansioso y vivir irritado algunas veces, pero no te olvides que tu vida es la mayor empresa del mundo. Sólo tú puedes evitar que ella vaya en decadencia.
Hay muchos que te aprecian, admiran y te quieren. Me gustaría que recordaras que ser feliz, no es tener un cielo sin tempestades, camino sin accidentes, trabajos sin cansancio, relaciones sin decepciones.
Ser feliz no es sólo valorizar la sonrisa, sino también reflexionar sobre la tristeza.
No es apenas conmemorar el éxito, sino aprender lecciones en los fracasos.
No es tener alegría con los aplausos, sino tener alegría en el anonimato.
Ser feliz es reconocer que vale la pena vivir la vida, a pesar de todos los desafíos, incomprensiones, y períodos de crisis.

Ser feliz no es una fatalidad del destino, sino una conquista para quien sabe viajar adentro de su propio ser.
Ser feliz es dejar de ser víctima de los problemas y volverse actor de la propia historia.
Ser feliz es no tener miedo de los propios sentimientos.
Es saber hablar de uno mismo.
Es tener coraje para oír un “no”.
Es tener seguridad para recibir una crítica, aunque sea injusta.
Ser feliz es dejar vivir a la criatura libre, alegre y simple, que vive dentro de cada uno de nosotros.
Es tener madurez para decir ‘me equivoqué’.
Es tener la osadía para decir ‘perdóname’.
Es tener sensibilidad para expresar ‘te necesito’.
Es tener capacidad de decir ‘te amo’.
Que tu vida se vuelva un jardín de oportunidades para ser feliz…
Que en tus primaveras seas amante de la alegría.
Que en tus inviernos seas amigo de la sabiduría.
Y que cuando te equivoques en el camino, comiences todo de nuevo.
Pues así serás más apasionado por la vida.
Y descubrirás que ser feliz no es tener una vida perfecta.

Jamás desistas….
Jamás desistas de las personas que amas.
Jamás desistas de ser feliz, pues la vida es un espectáculo imperdible!

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Me encanta inventar en la cocina, pero mis hijos ya me amonestan, advirtiéndome sobre mis extraños menjunjes.
Ayer uno de mis nietos se puso a mi lado para amasar tallarines, aunque era más lo que jugaba que lo que cocinaba; robaba fideos y harina, los amasaba, los golpeaba a puro puñetazo, y luego los estiraba. conclusión, quedó un sancocho de identidad indefinida.
Cuando se fue y guardé los tallarines, sobre la mesada quedó su masa informe.
– ¿Qué harás con eso? – preguntó mi compañero de vida.
– Tirarlo.
– ¿Por qué no inventas algo?
¡Me conoce, cómo me conoce!
Ya me gustó la idea. Le agregué huevos, cebolla rehogada, queso mantecoso en trozos, hierbas, y armé una tortilla.
Así nació el Sopapo de Lorenzo.
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A Mercedes la habían asignado a un grado en una escuela secundaria en medio del Impenetrable. Allí estaba ahora, descendiendo de un colectivo tapado por el polvo del camino y pisando una tierra demasiado caliente.

A la mañana siguiente estaba lista, esperando ansiosa la llegada de los alumnos. Se encontró con 30 chiquillos del primer ciclo de la secundaria, los que iban desde los 12 a los 13 años, mirándola con una mezcla de susto y asombro.

Primero se presentó, y luego comenzó a nombrarlos uno por uno. A medida que hablaba, iba observándolos y estudiando a quien se ponía de pie cuando ella lo llamaba. Notó que uno de los niños se recostaba sobre el pupitre, y apoyando su cabeza sobre éste, se quedaba dormido. Ella dejó de hablar y se acercó a él despacio.

Los demás niños contuvieron la respiración ¿estaría por retarlo? ¿lo iba a despertar con un grito? ¿lo levantaría con un tirón de la oreja?

Ella, en voz baja, preguntó si alguien sabía cómo se llamaba el niño y por qué se dormía durante la clase. Uno solo de los alumnos se atrevió a levantar la mano.

  • Soy Pedro, señorita – dijo el chiquillo apenas ella le dio permiso para hablar – es Mario, anoche estuvo pescando.
  • ¿Pescar? – preguntó ella asombrada.
  • Sí, él alimenta a su gente.

Mercedes observó al niño dormido una vez más y sintió mucha ternura; lo notó demasiado flaquito, casi casi enfermo. Entonces se le ocurrió una idea. Fue hasta su bolso y extrajo un billete.

  • Toma Pedro, trae algunas rasquetas. Hoy estudiaremos en el patio de la escuela, bebiendo mate cocido.

El niño obedeció contento y salió corriendo hacia la panadería más cercana. Regresó unos minutos después con una bolsa repleta de pan. Mercedes, al tiempo que esperaba a que el agua se calentara, la abrió y comenzó a repartir rebanadas para cada niño.

  • Pedro, – expresó molesta – te han dado pan viejo. Este es de ayer.

El niño agachó la cabeza, y en voz baja dijo:

  • Ése es el nuestro.

La profesora comprendió que al decir “nuestro” el niño se refería a los wichis, una raza de nativos que habitaban ese pueblo desde los inicios de la historia argentina.

Una niña que estaba al lado suyo se revolvió inquieta.

  • ¿Sucede algo, Malena? – le preguntó la maestra.
  • Es su panadería – respondió Pedro al ver a la niña callada.

Mercedes nada dijo y sirvió varias tazas con mate cocido caliente. Se sentaron bajo un bosquecillo de  chañares y ella les explicó.

  • Levante su mano el que quiera contarme sus ilusiones.

Pedro fue el único que sacudió la suya con fuerza, apurado por expresarse.

  • Señorita, Pedro quiere hablar.
  • A ver, Pedro ¿Qué quieres decirme?

Él se levantó y con voz algo triste le dijo:

  • Me gustaría que … – y miró a Malena un poquito cohibido – que el pan sea blando, que la fruta sea igual para todos, que … – no pudo continuar hablando porque se dio cuenta de que la señorita podía enojarse con sus palabras. Después de todo, él no la conocía.
  • ¿Qué sucede, Pedro? ¿por qué callaste? Vamos, continúa.

Pero el niño estaba asustado, y como era el más atrevido del aula, nadie aparte de él contó sus deseos.

Al día siguiente volvieron a salir al jardín a tomar mate, pero esta vez hubo una gran diferencia: los bizcochos eran frescos.

  • ¡Qué sabrosas masitas! – exclamó feliz la maestra al sentir su rico sabor. – Gracias, chiquilla – le dijo en voz baja. Luego miró al resto de los niños – ¿me contarán hoy sus deseos?

Nuevamente fue Pedro quien levantó la mano. Como nadie más lo hacía, la maestra lo dejó hablar.

  • Que el señor de los documentos, ponga nuestros nombres wichis, no uno inventado – después se sentó, muerto de susto.
  • ¿Alguien más? – pero ningún otro niño se animó a hablar – hagamos esto – sugirió ella – si se sienten incómodos, entonces quiero que escriban sus anhelos. Luego me entregan las hojas, sin colocar el nombre de ustedes en ella. Y si les resulta difícil, lo haremos juntos, no teman.

Eso le dio más coraje a Pedro  y volvió a levantar la mano.

  • Habla, Pedro.
  • Si las personas nos ayudan, que no traigan un camión con verduras raras – suspiró con tristeza – no sabemos comerlas.

De a poco, la maestra, con voz dulce y ademanes suaves, los invitó a abrirse y contarle sus vidas, les pidió que detallaran sus costumbres, sus gustos y desagrados.

  • Me han hablado tanto de su tierra que me brotaron ganas de conocer más. ¡Vamos a recorrer los bosques donde sus abuelos cazaban! – les dijo entusiasmada un día.

Pedro se levantó y dirigió la marcha, cruzó el patio de la escuela y caminó hasta su casa. Mercedes y los demás chiquillos lo siguieron, ella observó asombrada mientras él ensillaba algunos caballos. Todos montaron – algunos de a tres sobre cada lomo – y él trotó en silencio hasta un terreno que se encontraba a varios kilómetros de allí.

La maestra miró hacia donde él le indicaba con su mano, pero sólo vio un inmenso desierto que era recorrido una y otra vez por las máquinas topadoras.

  • ¿Aquí? – preguntó ella, y no pudo contener el llanto, gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas.

Pedro le tomó la mano y se la apretó, como dándole ánimos. Mercedes tragó varias veces y esperó hasta que pudo hablar.

  • Pedro, tú que pareces ser el jefe del grupo, recibe los deseos de tus amigos; me la entregas, y juntos escribiremos una lista con ellos.

Cinco años más tarde la maestra recibió una grata noticia, Pedro había terminado el secundario y se iría a estudiar abogacía a Buenos Aires.

En el pueblo se armó un revuelo tremendo, todos querían colaborar con el muchacho y así hacerle más fácil su estadía en esa gran ciudad. La abuela le tejió una frazada para los días más fríos, la madre le cocinó tortas y llenó un par de cajas con ellas, una tía le hizo  dos camisas, y su padre le entregó una bolsa con pescado seco y ahumado.

  • Para cuando tengas hambre – le dijo.

Entonces se le acercó Mercedes y le entregó un sobre. Todos callaron, esperando ansiosos a que el joven lo abriera.

Al mirar el papel amarillento que había dentro, él levantó sus ojos asombrado y miró a su antigua maestra:

  • ¿La lista? – preguntó él.
  • Sí – le dijo ella sonriéndole – la lista que hicimos juntos, la que escribí basándome en sus deseos ¡vamos! – lo animó – léela.

El aspiró hondo, y con un poco de timidez la leyó en voz alta:

  1. Escuelas bilingües donde se enseñe el castellano, y también nuestro idioma.
  2. Que los documentos lleven los nombres wichis.
  3. Que nos devuelvan las tierras que nos pertenecían.
  4. Que no nos regalen comida ni casas ni ropa – las que muchas veces no nos gustan o no nos convienen para nuestra salud – porque ello, además, nos humilla.
  5. Que creen fuentes de trabajo para tener nuestro propio dinero, y con ello podamos recuperar la dignidad. Necesitamos asistencia, no asistencialismo.
  6. Que los maestros estén abiertos a los valores de nuestro pueblo.
  7. Que se denuncien – y se busque – la superación de todo racismo.
  8. Que nos permitan vivir con nuestras costumbres ancestrales.
  9. Que tengamos absoluto protagonismo en la elección de nuestros beneficios.
  10. Y por sobre todo, que siempre se priorice el afecto en cada interrelación. Porque sólo con el amor presente conseguiremos tener éxito en cualquiera de los empren

    dimientos.

Al finalizar, Pedro permaneció mudo un momento. Los presentes no entendían gran cosa de lo que el niño había dicho, pero suponían que si la maestra escribió esa lista de acuerdo a los anhelos de cada niño, entonces todo eso debía ser verdad.

De pronto el muchacho abrió grandes los ojos y creyó comprender.

  • ¡Claro! Señorita, sé qué haré; en la gran ciudad, se la daré a gente importante.
  • No, Pedro – dijo ella – la he guardado todo este tiempo porque sólo vos puedes ocuparte de ella, nadie más; sólo la voz de un wichi, quien conoce las raíces de su pueblo, puede hacerla realidad.
  • ¿Yo? – dijo el muchacho dudando – yo no hablo como los demás. Soy wichi, mi palabra es corta, sencilla.

La maestra sonrió.

  • ¡Vamos, niño valiente! Levanta la mano, hincha tu pecho y dile al mundo que eres Pedro, y tienes mucho para decir.