http://contarte.com.ar/literatura/susana-biset-quiero-que-todavia-se-me-rasgue-la-piel-por-el-sol-que-el-llanto-me-moje-y-la-rabia-me-sacuda/

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En 1581 el rey Felipe II de España decidió fundar fuertes a dos mil doscientos kilómetros de Buenos Aires, en el estrecho de Magallanes.
Esa zona estaba completamente deshabitada, a no ser por los nativos onas y tehuelches. Aun hoy, el frío, el viento y las continuas lluvias son casi insoportables. Pero al rey, ello no le interesaba demasiado, él se encontraba cómodo en sus palacios e ignoraba las tremendas falencias que soportaría semejante expedición.
Sarmiento de Gamboa ya había explorado el estrecho en una ocasión y fue designado como capitán de la flota. Los expertos planificaron cada detalle; los barcos, las futuras viviendas, las defensas de los fuertes… menos, cómo iban a sobrevivir los enviados en tan arriesgada misión.
Sarmiento se ocupó de juntar a los futuros pobladores, trescientos cincuenta entre frailes franciscanos, albañiles, carpinteros, herreros y pedreros, criados, peluqueros y trompeteros. Varios de ellos creyeron tanto en la empresa, que permitieron participar en ella a su mujer y sus hijos.
La poderosa expedición partió el 25 de septiembre de 1581 desde Sanlúcar de Barrameda. Eran veintitrés navíos que llevaban a más de tres mil personas, la escuadra más imponente jamás salida de España.
Llegaron al estrecho el 17 de febrero de 1583 con solo cinco naves, las demás habían perdido la batalla contra las dificultades de la naturaleza. Al arribar, durante una semana los vientos contrarios les impidieron la entrada al estrecho. El general Flores, cansado de semejante situación, ante un desconcertado Sarmiento decidió dar media vuelta y volver.
Sin dejarse vencer, Sarmiento observó al grupo de trescientas personas que quedaba. Era deprimente; descalzos, sin camisas y con la poca ropa que tenían hecha harapos, los nuevos habitantes, de entrada nomás, ya se encontraban en inferioridad de condiciones para sobrevivir. Aun así comenzaron a levantar sus casas.
Pero les faltaban más padecimientos; a poco de desembarcar, el almirante Diego de la Ribera se volvió a España sin siquiera avisarles. Dejó solo una nave a la que primero despojó de su carga e incluso, le quitó sus clavos.
Ahí quedaron sin protección ni víveres los nuevos pobladores.
Sarmiento supo que ahora solo contaban con esa tierra y la buena voluntad de sus espíritus. El regreso era impensado. Entonces alentó a los escasos habitantes que aún quedaban a que, no solo construyeran sólidas viviendas sino que también araran la tierra y sembraran granos y hortalizas. Con optimismo plantaron membrillos, parras y jengibres. Además, emplazaron algunos cañones para defenderse. No tenían para comer más que mariscos y algunos frutos silvestres. Sin quererlo, se convirtieron en indígenas, pero que con menos experiencia que estos para superar tales condiciones.
En 1590 pasó por el estrecho el corsario inglés Andrew Merrick y encontró a un español totalmente loco. Hacía dos años que vivía solo con un arcabuz.
¡Tristes historias de los conquistadores!
pedro sarmiento

Ya en otras ocasiones he hablado de mi limonero, ese que cuando compré esta casa encontré desfalleciente en la terraza, prisionero en una diminuta lata oxidada. Agonizaba el pobre y su aspecto desolado me provocó tanta tristeza, que sin pensarlo demasiado, con la palita y el destornillador hice un agujero entre las baldosas de mi vereda y lo planté.

Años después le da limones a todo el barrio, sus anécdotas se cuentan de a docenas y son la alegría de quienes las escuchan.

De vez en cuando también, me hace regalos, como estos dos limones pañuelo que son la delicia de mis nietos.

  • Tu limonero es extraordinario Susi, hace magia, como vos.

Al escucharlos, se me infla el pecho e imagino que soy una maga, artífice de cuentos maravillosos que entibian el alma de quienes los leen.

 

Es un grupo de hormigueros tacurúes o nidos sólidos y resistentes en forma de montículos,de hasta dos metros y medio de altura, que hacen las hormigas o las termitas con sus excrementos amasados con tierra y saliva

 

 
Siempre busco artículos naturales y sanos. En cierta oportunidad leí que el aceite de coco es bueno para la piel, pero cuando me lo coloqué, quedé toda engrasada y manché la ropa.
Como en mi hogar nada se desperdicia, descartada su utilidad como crema corporal, busqué en qué otros usos podría aplicarlo.
– ¡Para freír! ¡Sí, señor!
Hoy llegó uno de mis hijos a almorzar y le dije:
– ¿A qué no adivinás con qué freí las milanesas?
Con mirada de víctima próxima al garrote vil (sí, vi toda la serie Gran Hotel), me observó en silencio mientras apretaba los labios y detenía su masticación, porque en verdad que mis milanesas de pollo estaban exquisitas y ahora y comenzaba a cuestionarse el haberlas comido con tanta voracidad.
– ¡Con aceite de coco! -exclamé orgullosa.
Reflexionó un momento y me confesó:
– Sabés, mamá, a veces pienso que ya lo sé todo sobre vos, pero siempre tenés otra vuelta de tuerca y tus locuras nunca dejan de sorprenderme.
coco

Ya están en kindle amazon las tres primeras partes de la novela de Susana Biset sobre una saga familiar de inmigrantes franceses hacia Argentina

https://anyentreloslibros.blogspot.com.ar/2018/02/preguntas-susana-biset.html

 

Este trozo de mi novela -¿para qué voy a ocultarlo?- me encanta porque habla de las pasiones.
¡Aaaah! ¡Las pasiones…!

“Esa tarde caía mansa y en el casco, todas las labores se iban apaciguando. Los pasos se tornaron cansinos y los ruidos se alargaron para volver melodías de sueño al frenético ritmo del día, y el silencio, como un bostezo gigantesco, terminó por enseñorearse en la estancia.
La peonada desensilló sus fletes para darles descanso.
Pero en el corral sucedía todo lo contrario; allí vibraba un torbellino de energía. Un fantasma corpóreo de bravura y frenesí se revolvía inquieto en el centro del potrero y con sus corcoveos impetuosos descosía el escondite de la entrada al mismo infierno. Sin embargo, el protagonista de tanta descomunal gresca se mantenía indiferente a los devaneos que provocaba en su entorno.
A esa hora era costumbre que en el corral se levantara un viento de sombra. Francisco, montado sobre un chúcaro, se apretaba sobre el lomo del animal, masticaba polvo y crines anudadas, sometía rebeldías, gastaba ímpetus, intenso, lleno de juventud. La calma o la furia le daban igual. Podía granizar hielo cristalizado o brasas incandescentes, podía el bravo pampero lavar el campo para volverlo a ensuciar con otra tierra parecida, incluso podía haber cimbrado el espacio completo, que él no lo hubiera notado. Su cuerpo era fuego, ciclón y terremoto al mismo tiempo ¿Por qué? porque se encontraba enfrascado en una de las tareas que más le apasionaba: domar un caballo.
Con cada uno de sus reverberos y corcoveos el horizonte naranja se volvía turbio y los pájaros adormilados daban un respingo, despertándose asustados por tanta inusual alharaca.
A puro latigazo Francisco bailaba con el viento, vibraba con las notas silenciosas del esfuerzo, los músculos preparados, ágiles, elásticos. Aullaba de placer con cada nuevo salto. Se enroscaba en un abrazo inseparable; su figura y la del potro se hacían una, trenzaba y amasaba destinos, revoleaba al diablo por las orejas, tensaba las fibras de su cuerpo, se exigía al máximo, rompía los límites, quebraba el equilibrio de la sensatez, destartalaba complacencias y desataba tropeles desconocidos.
La tarea de domar un potro le fascinaba hasta lo indecible y en cada grito de júbilo que le brotaba ronco, incontrolable de su garganta, le robaba minutos a la vida, prolongaba el día hasta sentirse agotado.

doma

 

El kakuy o urutaú es una de las aves más asombrosas de Argentina. Pocos han tenido el privilegio de verla porque se mimetiza con el entorno. No hace nido, empolla su huevo sobre un tronco y lo cuida con extremo celo. Su lúgubre canto parece provenir de algún fantasma etéreo, aunque las leyendas dicen que lo que hace con su sonido es ahuyentarlos.
Aquí les dejo algunas fotos y 2 videos.
https://www.youtube.com/watch?v=AgAQtvywLhs

Varios días atrás una de mis nietas se raspó la pierna. Mientras lloraba, rechazó todas las cremas que su madre le ofrecía y le dijo que la única que podía curarla era una que yo tenía.
Mi hija me llamó y me preguntó cuál podría ser pero como no dábamos con dicha crema milagrosa, entonces ella la trajo a mi hogar para que nos la mostrara. Saqué mi arsenal de potes: crema para las manos, para demaquillar, para después de tomar sol… nada, no era ninguna.
Entonces, para entretenerla le di mi bolsita con artículos de maquillaje. Al abrirla, mi nieta saltó feliz.
– ¡Esta es la crema que lo cura todo!
La miré ¡Era el corrector de ojeras!

urutaú