Archivos para el mes de: febrero, 2018
En 1581 el rey Felipe II de España decidió fundar fuertes a dos mil doscientos kilómetros de Buenos Aires, en el estrecho de Magallanes.
Esa zona estaba completamente deshabitada, a no ser por los nativos onas y tehuelches. Aun hoy, el frío, el viento y las continuas lluvias son casi insoportables. Pero al rey, ello no le interesaba demasiado, él se encontraba cómodo en sus palacios e ignoraba las tremendas falencias que soportaría semejante expedición.
Sarmiento de Gamboa ya había explorado el estrecho en una ocasión y fue designado como capitán de la flota. Los expertos planificaron cada detalle; los barcos, las futuras viviendas, las defensas de los fuertes… menos, cómo iban a sobrevivir los enviados en tan arriesgada misión.
Sarmiento se ocupó de juntar a los futuros pobladores, trescientos cincuenta entre frailes franciscanos, albañiles, carpinteros, herreros y pedreros, criados, peluqueros y trompeteros. Varios de ellos creyeron tanto en la empresa, que permitieron participar en ella a su mujer y sus hijos.
La poderosa expedición partió el 25 de septiembre de 1581 desde Sanlúcar de Barrameda. Eran veintitrés navíos que llevaban a más de tres mil personas, la escuadra más imponente jamás salida de España.
Llegaron al estrecho el 17 de febrero de 1583 con solo cinco naves, las demás habían perdido la batalla contra las dificultades de la naturaleza. Al arribar, durante una semana los vientos contrarios les impidieron la entrada al estrecho. El general Flores, cansado de semejante situación, ante un desconcertado Sarmiento decidió dar media vuelta y volver.
Sin dejarse vencer, Sarmiento observó al grupo de trescientas personas que quedaba. Era deprimente; descalzos, sin camisas y con la poca ropa que tenían hecha harapos, los nuevos habitantes, de entrada nomás, ya se encontraban en inferioridad de condiciones para sobrevivir. Aun así comenzaron a levantar sus casas.
Pero les faltaban más padecimientos; a poco de desembarcar, el almirante Diego de la Ribera se volvió a España sin siquiera avisarles. Dejó solo una nave a la que primero despojó de su carga e incluso, le quitó sus clavos.
Ahí quedaron sin protección ni víveres los nuevos pobladores.
Sarmiento supo que ahora solo contaban con esa tierra y la buena voluntad de sus espíritus. El regreso era impensado. Entonces alentó a los escasos habitantes que aún quedaban a que, no solo construyeran sólidas viviendas sino que también araran la tierra y sembraran granos y hortalizas. Con optimismo plantaron membrillos, parras y jengibres. Además, emplazaron algunos cañones para defenderse. No tenían para comer más que mariscos y algunos frutos silvestres. Sin quererlo, se convirtieron en indígenas, pero que con menos experiencia que estos para superar tales condiciones.
En 1590 pasó por el estrecho el corsario inglés Andrew Merrick y encontró a un español totalmente loco. Hacía dos años que vivía solo con un arcabuz.
¡Tristes historias de los conquistadores!
pedro sarmiento
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Ya en otras ocasiones he hablado de mi limonero, ese que cuando compré esta casa encontré desfalleciente en la terraza, prisionero en una diminuta lata oxidada. Agonizaba el pobre y su aspecto desolado me provocó tanta tristeza, que sin pensarlo demasiado, con la palita y el destornillador hice un agujero entre las baldosas de mi vereda y lo planté.

Años después le da limones a todo el barrio, sus anécdotas se cuentan de a docenas y son la alegría de quienes las escuchan.

De vez en cuando también, me hace regalos, como estos dos limones pañuelo que son la delicia de mis nietos.

  • Tu limonero es extraordinario Susi, hace magia, como vos.

Al escucharlos, se me infla el pecho e imagino que soy una maga, artífice de cuentos maravillosos que entibian el alma de quienes los leen.

 

Es un grupo de hormigueros tacurúes o nidos sólidos y resistentes en forma de montículos,de hasta dos metros y medio de altura, que hacen las hormigas o las termitas con sus excrementos amasados con tierra y saliva

 

 
Siempre busco artículos naturales y sanos. En cierta oportunidad leí que el aceite de coco es bueno para la piel, pero cuando me lo coloqué, quedé toda engrasada y manché la ropa.
Como en mi hogar nada se desperdicia, descartada su utilidad como crema corporal, busqué en qué otros usos podría aplicarlo.
– ¡Para freír! ¡Sí, señor!
Hoy llegó uno de mis hijos a almorzar y le dije:
– ¿A qué no adivinás con qué freí las milanesas?
Con mirada de víctima próxima al garrote vil (sí, vi toda la serie Gran Hotel), me observó en silencio mientras apretaba los labios y detenía su masticación, porque en verdad que mis milanesas de pollo estaban exquisitas y ahora y comenzaba a cuestionarse el haberlas comido con tanta voracidad.
– ¡Con aceite de coco! -exclamé orgullosa.
Reflexionó un momento y me confesó:
– Sabés, mamá, a veces pienso que ya lo sé todo sobre vos, pero siempre tenés otra vuelta de tuerca y tus locuras nunca dejan de sorprenderme.
coco

Ya están en kindle amazon las tres primeras partes de la novela de Susana Biset sobre una saga familiar de inmigrantes franceses hacia Argentina

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