Archivos para el mes de: agosto, 2015

Estoy regresando de una excursión a Federación. ¿La verdad? Cuando partí no contaba con demasiado entusiasmo, e incluso había pedido en la agencia que me lo cambiaran por otro.
Pero ya en mi hogar debo agradecerle a la vida por ponerme todos los obstáculos que me impidieron desistir de él, permitiéndome así conocer este nuevo rincón argentino.
En Federación, por ser un pueblo joven con apenas más de treinta años, todo florece, todo es tranquilo y limpio, los jardines brillan espléndidos, todas las personas saludan, se notan relajadas y sonrientes. La mayoría circula por la vereda con batas de baño y ojotas, yendo o regresando de las termas. A la puerta de uno de los destacamentos de policía vi una bici pintada de azul que decía:
– Policía – en su travesaño.
Al tiempo que pensaba en cuan pocos asaltos y contratiempos debían existir allí, un perro me acercó una piedra, apurándome con su rabo tembloroso para que se la arrojara lejos.
En completa soledad caminé tres horas por un sendero empedrado, bordeando el lago de 7.000 hectáreas. Hablé con los pescadores, los turistas, los adolescentes que jugaban o conversaban… y de pronto me brotó la veta de investigadora.
Acelerando el paso llegué hasta la biblioteca, después pasé al museo, las librerías, la secretaría de turismo y las tiendas donde vendían artículos sobre la historia del pueblo. Tuve el privilegio de que me encendieran el cine sólo para mí y vi varios videos sobre cómo fue que Federación desapareció bajo las aguas de ese inmenso lago, emergiendo metros más allá. ¡Tantos incidentes de devastación y esperanza! ¡Tantos llantos descontrolados y tantas risas permanentes!
Reflexionando, mientras regresaba llena de exaltación al hotel me dije que el ser humano, así como es capaz de las cualidades más mezquinas y espeluznantes, por más presionado que se encuentre también posee todas las virtudes que lo vuelven fuerte, optimista, generoso, solidario ¡grande y poderoso!
“Seré estrella, seré sangre valiente y haré mi mundo allí donde me encuentre”.

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“Decía mi abuela que cuando una mujer se sintiera triste lo mejor que podía hacer era trenzarse el cabello, de esta manera el dolor quedaría atrapado entre los cabellos y no podría llegar hasta el resto del cuerpo; había que tener cuidado de que la tristeza no se metiera en los ojos pues los haría llover, tampoco era bueno dejarla entrar en nuestros labios pues los obligaría a decir cosas que no eran ciertas. Que no se meta entre tus manos- me decía- porque puedes tostar de más el café o dejar cruda la masa.Y es que a la tristeza le gusta el sabor amargo. Cuando te sientas triste niña, trénzate el cabello; atrapa el dolor en la madeja y déjalo escapar cuando el viento del norte pegue con fuerza.
Nuestro cabello es una red capaz de atraparlo todo, es fuerte como las raíces del ahuehuete y suave como la espuma del atole.Que no te agarre desprevenida la melancolía mi niña, aun si tienes el corazón roto o los huesos fríos por alguna ausencia. No la dejes meterse en ti con tu cabello suelto, porque fluirá en cascada por los canales que la luna ha trazado entre tu cuerpo. Trenza tu tristeza, decía, siempre trenza tu tristeza…
Y mañana, cuando te despiertes con el canto del gorrión, la encontrarás pálida y desvanecida entre el telar de tu cabello. “

anciana trenzando

Hola. No soy militante política, más aún, podría llamarme apolítica. Sin embargo, conversando en escuelas, y durante mis viajes de investigación dentro de las etnias nativas – el coloquio es lo que mejor me sale –  escuché el pensar de la gente.

A los candidatos a gobernantes que desean ganar, humildemente les sugiero que en vez de pelearse entre ellos para ver quién conquista a qué partido, mejor piensen en la gente, en aquellos a quienes van  gobernar. Que busquen agradarle al enorme porcentaje perteneciente a la casta de “Los invisibles”. A aquellas personas que hasta hace algunos años atrás – dicho por ellos mismos – no existían para el resto del mundo; y si se hablaba, era tal a si se hiciera un comentario sobre habitantes de Marte o Venus. Los invisibles son los más desprotegidos, esas personas que ahora reciben subsidios, tienen escuelas y hospitales. Antes no tenían nada; ahora son medianamente escuchados, el kirchnerismo les dio una mensualidad que les permitió ponerles pisos a sus hogares, cambiar las chapas oxidadas de sus techos por otras mejores, compraron comida, y sus hijos pudieron asistir a las escuelas. Siguen siendo pobres, pero algo reciben, y por miedo a perder ese subsidio vuelven a votar a quienes los hicieron visibles.

Sí, los entiendo por más que no lo acepte; porque todos sabemos que ningún país puede vivir dándole dádivas a su pueblo, y ningún pueblo merece vivir en la indignidad que les provoca el recibir limosnas.

Me metería en esas provincias pobres, los escucharía (¡por favor, escuchen antes de obrar! les digo siempre a aquellos que quieren ayudar; porque casi siempre actuamos movidos por nuestras costumbres y anhelos, y no por lo que aquel a quien deseamos ayudar está necesitando). No indagaría tanto por sus sueños, asegurándoles que con sus ingresos como empleados van a concretarlos. Mejor les preguntaría cuáles trabajos se pueden crear en sus zonas de residencia ¿quién mejor que ellos conoce esos datos? Qué se puede fabricar o vender. Qué se está desperdiciando, qué fuentes naturales de producción existen, y qué industrias se pueden potenciar. No haría demostración alguna de saberlo; al contrario, les pediría ayuda para conocer al respecto.

En mis charlas les daría seguridad, diciéndoles que nadie les va a quitar sus subsidios, y además tendrán trabajo. Les diría que no se resignen a recibir unos pocos pesos, porque eso les calma los estómagos pero los humilla, ya que tácitamente se los considera inútiles, y así quedan afuera de cualquier proyecto  que los haga felices. Ellos valen más que monedas, muchos más; merecen reír, planificar y mejorar sus vidas. Les diría que con trabajo sus hijos dejarán de deambular por las calles como lo hacen ahora, sin un anhelo noble, sin un propósito, robando y drogándose para evadirse porque saben que nunca podrán alcanzar aquello que ven en la televisión.

También los felicitaría porque son la esencia de la tierra, porque forman parte de nuestra historia, porque continúan insistiendo a pesar de tantos y tantos inconvenientes ¡y qué imprescindible es esa fervorosa garra por perseverar!; los felicitaría porque todavía tienen sueños, porque gracias a esos sueños se movilizarán, y los planes para los años venideros podrán concretarse. Les diría que son tan importantes como el más prestigioso de los empresarios, porque sin ellos las empresas no podrían existir; y que al participar activamente de la nueva Argentina formarán parte del magnífico concierto que se escuchará en el mundo entero, ese provocado por el crecimiento de nuestro hermoso país.

Pero primero tienen que ser los mismos gobernantes quienes lo entiendan.