Archivos para el mes de: enero, 2019

 

La foto muestra el descenso Caprilli, en 1906. Prueba final de la escuela de caballería Tor di Quinto de Roma antes de terminar su formación.
Esta foto me hace acordar a Daniel Evans y su caballito Malacara ¡Con un salto parecido, el galés se salvó de los araucanos!

prueba final

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Entre los siglos XVI y XIX cientos de miles de hombres, mujeres y niños fueron secuestrados, trasladados en barcos a tierras desconocidas y vendidos como esclavos.
No estamos hablando del comercio del centro y oeste de África a europeos occidentales para ser llevados a América, sino de europeos occidentales capturados por los corsarios otomanos para venderlos en el norte de África.
Usando galeras de remo, los corsarios otomanos saquearon metódicamente el Mediterráneo. El negocio de los berberiscos, que también tomaban barcos, mercancías y cautivos europeos en el mar, era mucho más grande de lo que muchos imaginan. Se estima que, a lo largo de tres siglos, los corsarios que operaban en los puertos de la costa de Berbería (en el norte de África) capturaron y esclavizaron a más de un millón de europeos.
En incursiones esclavistas musulmanas, conocidas como razzias, los piratas berberiscos capturaban cristianos en ciudades y pueblos costeros europeos, principalmente en Italia, Francia, España y Portugal, pero también en las Islas Británicas, los Países Bajos, y tan lejos como Islandia.
Muchos eran vendidos como esclavos en la ciudad de Argel. Primero, los nuevos cautivos eran obligados a desfilar a lo largo del Al-Souk al-Kabir mientras los vendedores gritaban para atraer compradores.
Una vez en el mercado de esclavos, los cautivos eran desnudados y examinados. Los hombres tenían que saltar, para mostrar su condición física, y eran golpeados con palos si no cumplían con prontitud. Los compradores examinaban los dientes de los cautivos masculinos para ver si eran aptos para el trabajo como remeros en las galeras, la cual era considerada como la peor de todas las condenas en vida. Los compradores también examinaban sus manos para ver si tenían callosidad. Las manos suaves indicaban una vida de facilidad y riqueza, y por lo tanto, potenciales beneficios en forma de un gran rescate.
(Leer más en: https://www.bbc.com/mundo/noticias-46870271)

El 28 de septiembre de 1831, mientras permanecía exiliado en Uruguay durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, Salvador María del Carril contrajo primeras nupcias con la porteña Tiburcia Domínguez, una joven 16 años menor que él. El matrimonio tuvo una prolífera descendencia: una mujer y seis hijos varones.
Los primeros 25 años de matrimonio no parecieron ser complicados, porque si bien tuvieron algunas dificultades económicas en el exilio, no fueron graves. Sin embargo insólitamente los problemas parecen haber empezado cuando mejoró la situación económica de del Carril, quien tuvo la suerte de recibir una herencia de su familia y de compartir algunos emprendimientos con el acaudalado Justo José de Urquiza.

A partir de entonces Tiburcia descubrió que padecía una compulsión: la de gastar dinero en joyas, perfumes y vestidos, lo cual comenzó a generarle serias dificultades con su marido, quien le reclamaba que cuidara sus gastos.
Harto ya de esta situación, en 1862 del Carril publicó una solicitada en todos los medios de Buenos Aires, informando que él ya no se haría cargo de los gastos de su cónyuge, motivo por el cual exhortaba a los comerciantes a que cancelaran el crédito del que ella era acreedora por su condición social, exponiendo a su esposa a un escarnio público.

Tiburcia se sintió humillada a tal punto que, sin llegar a separarse de su esposo, no volvió a dirigirle la palabra. Así, en silencio, vivieron durante 20 años más, hasta que Don Salvador murió el 10 de enero de 1883. Ella lo sobrevivió 15 años. Se cuenta que cuando le informaron de la muerte de su marido se limitó a preguntar: ¿cuánto dinero dejó?
Cuando la viuda advirtió que no era poco, convocó al arquitecto francés Alberto Fabré, para que, en un predio que el matrimonio poseía en Lobos, construyera una enorme residencia en la que luego organizaría grandes fiestas destinadas a agasajar a sus amigos.

Pero esa opulenta vida no apagó el odio que evidentemente seguía sintiendo por su difunto esposo, a tal punto que encargó a Camilo Pomairone, un majestuoso mausoleo en el cementerio de la Recoleta, ordenándole construir una estatua de su marido sentado en un sillón mirando hacia el sur. La idea era que, cuando ella falleciera, se erigiera un busto de sí misma que debía colocarse de espaldas al de su marido, argumentando que, aún después de muerta, iba a seguir enojada con él.

(Nota completa en infobae)La imagen puede contener: personas de pie