Archivos para el mes de: enero, 2018

 

Este trozo de mi novela -¿para qué voy a ocultarlo?- me encanta porque habla de las pasiones.
¡Aaaah! ¡Las pasiones…!

“Esa tarde caía mansa y en el casco, todas las labores se iban apaciguando. Los pasos se tornaron cansinos y los ruidos se alargaron para volver melodías de sueño al frenético ritmo del día, y el silencio, como un bostezo gigantesco, terminó por enseñorearse en la estancia.
La peonada desensilló sus fletes para darles descanso.
Pero en el corral sucedía todo lo contrario; allí vibraba un torbellino de energía. Un fantasma corpóreo de bravura y frenesí se revolvía inquieto en el centro del potrero y con sus corcoveos impetuosos descosía el escondite de la entrada al mismo infierno. Sin embargo, el protagonista de tanta descomunal gresca se mantenía indiferente a los devaneos que provocaba en su entorno.
A esa hora era costumbre que en el corral se levantara un viento de sombra. Francisco, montado sobre un chúcaro, se apretaba sobre el lomo del animal, masticaba polvo y crines anudadas, sometía rebeldías, gastaba ímpetus, intenso, lleno de juventud. La calma o la furia le daban igual. Podía granizar hielo cristalizado o brasas incandescentes, podía el bravo pampero lavar el campo para volverlo a ensuciar con otra tierra parecida, incluso podía haber cimbrado el espacio completo, que él no lo hubiera notado. Su cuerpo era fuego, ciclón y terremoto al mismo tiempo ¿Por qué? porque se encontraba enfrascado en una de las tareas que más le apasionaba: domar un caballo.
Con cada uno de sus reverberos y corcoveos el horizonte naranja se volvía turbio y los pájaros adormilados daban un respingo, despertándose asustados por tanta inusual alharaca.
A puro latigazo Francisco bailaba con el viento, vibraba con las notas silenciosas del esfuerzo, los músculos preparados, ágiles, elásticos. Aullaba de placer con cada nuevo salto. Se enroscaba en un abrazo inseparable; su figura y la del potro se hacían una, trenzaba y amasaba destinos, revoleaba al diablo por las orejas, tensaba las fibras de su cuerpo, se exigía al máximo, rompía los límites, quebraba el equilibrio de la sensatez, destartalaba complacencias y desataba tropeles desconocidos.
La tarea de domar un potro le fascinaba hasta lo indecible y en cada grito de júbilo que le brotaba ronco, incontrolable de su garganta, le robaba minutos a la vida, prolongaba el día hasta sentirse agotado.

doma

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El kakuy o urutaú es una de las aves más asombrosas de Argentina. Pocos han tenido el privilegio de verla porque se mimetiza con el entorno. No hace nido, empolla su huevo sobre un tronco y lo cuida con extremo celo. Su lúgubre canto parece provenir de algún fantasma etéreo, aunque las leyendas dicen que lo que hace con su sonido es ahuyentarlos.
Aquí les dejo algunas fotos y 2 videos.
https://www.youtube.com/watch?v=AgAQtvywLhs

Varios días atrás una de mis nietas se raspó la pierna. Mientras lloraba, rechazó todas las cremas que su madre le ofrecía y le dijo que la única que podía curarla era una que yo tenía.
Mi hija me llamó y me preguntó cuál podría ser pero como no dábamos con dicha crema milagrosa, entonces ella la trajo a mi hogar para que nos la mostrara. Saqué mi arsenal de potes: crema para las manos, para demaquillar, para después de tomar sol… nada, no era ninguna.
Entonces, para entretenerla le di mi bolsita con artículos de maquillaje. Al abrirla, mi nieta saltó feliz.
– ¡Esta es la crema que lo cura todo!
La miré ¡Era el corrector de ojeras!

urutaú

 

INTUTO, Perú — Amadeo García García se dirigió río arriba en su canoa y se adentró al campamento oculto y repleto de trampas donde su hermano Juan agonizaba.
Juan se retorcía de dolor y se sacudía incontrolablemente a medida que aumentaba su fiebre, pues luchaba contra el paludismo. Mientras Amadeo lo consolaba, el hombre enfermo balbuceaba palabras que ya nadie más en la Tierra entendía.
“Je’intavea’”, dijo aquel día sofocante de 1999: “Estoy muy enfermo”.
Hablaba en taushiro. La lengua, un misterio para lingüistas y antropólogos por igual, era hablada por una tribu que desapareció en la selva de la cuenca del Amazonas en Perú hace generaciones, con la esperanza de salvarse de los invasores, cuyas armas y enfermedades la habían llevado al borde de la extinción.
Una curva del “río salvaje”, como lo llamaban, albergaba a los dos hermanos y a los otros 15 miembros restantes de su tribu. El clan protegía su pequeño asentamiento con un círculo de fosas profundas, habilidosamente ocultas bajo una delgada cubierta de hojas y ramas. Conservaban jaurías de perros de ataque para evitar que los foráneos se acercaran. Incluso para finales del siglo XX, pocas personas habían visto a los taushiro o escuchado su lengua más allá de algún cazador ocasional, unos cuantos misioneros cristianos y los recolectores de caucho armados que llegaron por lo menos dos veces a esclavizar a la pequeña tribu.
Pero al final fue inútil. Sin rifles ni medicinas, se estaban muriendo.
Un jaguar mató a uno de los niños mientras dormía. Dos hermanos más fallecieron a causa de mordeduras de serpiente. Un niño se ahogó en una corriente. Un joven se desangró hasta morir mientras cazaba en la selva.
Después llegaron las enfermedades. Primero el sarampión, que se llevó a la madre de Juan y Amadeo. Finalmente, una cepa mortal de paludismo asesinó a su padre, el patriarca de la tribu. Enterraron su cuerpo en el piso de su casa antes de que la estructura fuera incendiada por completo, según la tradición taushiro.
Cuando Amadeo llevó a rastras hasta la canoa a su hermano agonizante ese día, eran los únicos que quedaban, los últimos de una cultura que alguna vez contó con miles de personas. Amadeo fue a un pueblo distante, Intuto, donde había una clínica. Una multitud se reunió en el pequeño muelle del río para ver quién era el extraño agonizante, vestido solo con un taparrabo hecho de hojas de palma.
Pronto Juan dejó de temblar y se puso rígido. Perdía y recobraba la conciencia; finalmente, alzó la vista hacia Amadeo.
“Ta va’a ui”, dijo por último. “Estoy muriendo”.
La campana de la iglesia retumbó esa tarde para informar a los aldeanos que aquel visitante inusual había muerto.
“Lo extraño fue lo callado que estaba Amadeo”, dijo Tomás Villalobos, un misionero cristiano que estuvo con él cuando murió Juan. “Le pregunté: ‘¿Cómo te sientes?’, y me dijo: ‘Ya se acabó todo para nosotros’”.
Amadeo lo dijo con pausas, en un español vacilante, la única manera en que podría comunicarse con el mundo a partir de ese momento. Ya nadie más hablaba su lengua. La supervivencia de su cultura de pronto se había reducido a un solo hombre.

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https://www.nytimes.com/…/el-ultimo-hablante-de-una-lengua…/

En Demonio de los Mares, Y los Dioses Atropellaron y Tierra India, detallo ciertas particularidades de la vida marina entre 1600 y 1900.

Aquí les cuento algunas.

En desayuno constaba de galletas con doble cocción, duras como un adoquín. Por ello las mojaban con agua marina, lo cual y aunque sin saberlo, a la tripulación le aportaba varios minerales imprescindibles para los procesos enzimáticos.

Para evitar el escorbuto que azolaba a los marineros durante las largas travesías y les provocaba sangrado de encías, caídas prematuras de los dientes y del cabello, úlceras y artrosis, si no tenían frutos frescos entonces tomaban té con hojas de pino o comían limones.

En los navíos antiguos era común encontrar Terranovas, perros tan enormes y peludos como tranquilos.

Para hacer sus necesidades los marineros contaban con los “jardines”. Se subían a la baranda, se bajaban las calzas, se tomaban de varios cabos y con los glúteos mirando al mar se agachaban.

Existía una bomba de achique que era manejada manualmente, y para saber si en el casco entraba agua, orinaban en el pozo desde donde dicha bomba succionaba el líquido marino que pudiera haber entrado. Si a la mañana el olor a orina era penetrante, todo bien; ello significaba que se había filtrado poca agua, pero si era leve, entonces se turnaban y la hacían funcionar.

Para saber en qué hora se encontraban solo tenían que escuchar al vigía. Él entonaba el mismo canto de acuerdo con la hora del día, y cada uno era diferente.

Las literas de los camarotes eran pequeñas y apenas cabía un cuerpo, contaban con un reborde para no caer con los bamboleos del navío.

Si un cañón se soltaba de sus amarras, era muy peligroso, porque al rodar de una amura a la otra, con su extraordinario peso podía romper el maderamen.

Existía un solo camarote y era exclusivo del capitán, los marineros dormían en hamacas o coys. Unos colgaban encima de los otros y si el ocupante del de más arriba se caía, arrastraba a los que tenía debajo.

Cada amura o lado del navío tenía una linterna con un color diferente: la de estribor o derecha, era verde, la de babor o izquierda, era roja.

El fuego de San Telmo son lenguas de fuego que aparecen en los mástiles mayores cuando hay tormentas eléctricas. Ello provocaba desazón en los marineros porque incidía sobre el buen funcionamiento de las brújulas.

Muchas de las palabras que usamos comúnmente son de origen marino: zafarrancho, verga, carajo…

Esto y mucho más aprendí gracias a haber estado de novia y convivido con dos marinos –aclaro, en diferentes momentos-, uno es piloto de helicópteros navales y el otro es ingeniero y arquitecto naval. A ambos los nombro en alguna de mis novelas.

¡Gracias, queridos Jorge y Klaus! Espero haber sido una buena alumna.