Se te extraña, Margarita. Cada vez que es el día de la madre recuerdo a Margarita con más intensidad.

La conocí cuando era muy anciana y al notar la adoración que sus hijos sentían hacia ella, cierta vez les pregunté cómo había sido de joven.

Me contaron que tuvo catorce hijos –crió propios y ajenos- y todos fueron a la escuela. Vivían a la orilla del río de mi ciudad y su casita siempre tenía actividad; siete hijos iban a la escuela por la mañana, y a la tarde iban los otros siete con las zapatillas y guardapolvos usados por los del primer turno. Por la noche, mientras ellos dormían, Margarita les lavaba todo para que estuviera limpio y listo al día siguiente.

Cada uno de ellos trabajaba en changas en las quintas alrededor de la ciudad. Pero si aun así no había nada para cenar, entonces se sentaban alrededor del fuego y comían tortas asadas sobre los rescoldos.

¡Qué ejemplo! ¡Madraza como pocas! Ahora siento nostalgia al recordarte, Margarita.

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