Mis hijos crecieron en la naturaleza, entre animales domésticos y no tanto. También les permití andar algo sucios y zaparrastrosos.
Cuando mi hijo mayor era pequeño, estaba empecinado en crear la sociedad protectora de sapos. Los amaba y cuidaba como si estuvieran a punto de extinguirse y se ligó varios palos de los cuidadores por sacarlos del fondo de las piletas abandonadas. Quería que no se ahogaran. Yo le decía que no insistiera, pero él seguía haciéndolo, sin importarle los huascazos.
Ahora ya están creciditos y cuando ven las fotos me preguntan por qué los alentaba a ser tan salvajes. Les respondo que lo hice para que aprendieran a ser felices con cosas simples.
Esa fue mi intención y es el máximo legado que deseo dejarles.
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