El 28 de septiembre de 1831, mientras permanecía exiliado en Uruguay durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, Salvador María del Carril contrajo primeras nupcias con la porteña Tiburcia Domínguez, una joven 16 años menor que él. El matrimonio tuvo una prolífera descendencia: una mujer y seis hijos varones.
Los primeros 25 años de matrimonio no parecieron ser complicados, porque si bien tuvieron algunas dificultades económicas en el exilio, no fueron graves. Sin embargo insólitamente los problemas parecen haber empezado cuando mejoró la situación económica de del Carril, quien tuvo la suerte de recibir una herencia de su familia y de compartir algunos emprendimientos con el acaudalado Justo José de Urquiza.

A partir de entonces Tiburcia descubrió que padecía una compulsión: la de gastar dinero en joyas, perfumes y vestidos, lo cual comenzó a generarle serias dificultades con su marido, quien le reclamaba que cuidara sus gastos.
Harto ya de esta situación, en 1862 del Carril publicó una solicitada en todos los medios de Buenos Aires, informando que él ya no se haría cargo de los gastos de su cónyuge, motivo por el cual exhortaba a los comerciantes a que cancelaran el crédito del que ella era acreedora por su condición social, exponiendo a su esposa a un escarnio público.

Tiburcia se sintió humillada a tal punto que, sin llegar a separarse de su esposo, no volvió a dirigirle la palabra. Así, en silencio, vivieron durante 20 años más, hasta que Don Salvador murió el 10 de enero de 1883. Ella lo sobrevivió 15 años. Se cuenta que cuando le informaron de la muerte de su marido se limitó a preguntar: ¿cuánto dinero dejó?
Cuando la viuda advirtió que no era poco, convocó al arquitecto francés Alberto Fabré, para que, en un predio que el matrimonio poseía en Lobos, construyera una enorme residencia en la que luego organizaría grandes fiestas destinadas a agasajar a sus amigos.

Pero esa opulenta vida no apagó el odio que evidentemente seguía sintiendo por su difunto esposo, a tal punto que encargó a Camilo Pomairone, un majestuoso mausoleo en el cementerio de la Recoleta, ordenándole construir una estatua de su marido sentado en un sillón mirando hacia el sur. La idea era que, cuando ella falleciera, se erigiera un busto de sí misma que debía colocarse de espaldas al de su marido, argumentando que, aún después de muerta, iba a seguir enojada con él.

(Nota completa en infobae)La imagen puede contener: personas de pie

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