En mi infancia mamá había establecido un menú fijo para los almuerzos; recuerdo, y tal vez porque en ese entonces no me gustaba, que los jueves había guiso de mondongo. A la cena había, clavado clavado, costeletas con ensalada. Cuando me puse de novia, cierta noche invité a mi futuro marido a comer y él me peguntó qué habría. Quizás imaginaba un plato raro, pero le dije:
– La corteleta número 5.987.
Ayer, mientras conversaba con mi madre le conté que había almorzado brócoli, pepinos, berenjenas asadas y pan untado con quesillo de kefir. Me miró seria y enojada.
– Hablame en español, no en ruso o mandarín.
Sí, doñita, los menúes han cambiado un montón.

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