Este trozo de mi novela -¿para qué voy a ocultarlo?- me encanta porque habla de las pasiones.
¡Aaaah! ¡Las pasiones…!

“Esa tarde caía mansa y en el casco, todas las labores se iban apaciguando. Los pasos se tornaron cansinos y los ruidos se alargaron para volver melodías de sueño al frenético ritmo del día, y el silencio, como un bostezo gigantesco, terminó por enseñorearse en la estancia.
La peonada desensilló sus fletes para darles descanso.
Pero en el corral sucedía todo lo contrario; allí vibraba un torbellino de energía. Un fantasma corpóreo de bravura y frenesí se revolvía inquieto en el centro del potrero y con sus corcoveos impetuosos descosía el escondite de la entrada al mismo infierno. Sin embargo, el protagonista de tanta descomunal gresca se mantenía indiferente a los devaneos que provocaba en su entorno.
A esa hora era costumbre que en el corral se levantara un viento de sombra. Francisco, montado sobre un chúcaro, se apretaba sobre el lomo del animal, masticaba polvo y crines anudadas, sometía rebeldías, gastaba ímpetus, intenso, lleno de juventud. La calma o la furia le daban igual. Podía granizar hielo cristalizado o brasas incandescentes, podía el bravo pampero lavar el campo para volverlo a ensuciar con otra tierra parecida, incluso podía haber cimbrado el espacio completo, que él no lo hubiera notado. Su cuerpo era fuego, ciclón y terremoto al mismo tiempo ¿Por qué? porque se encontraba enfrascado en una de las tareas que más le apasionaba: domar un caballo.
Con cada uno de sus reverberos y corcoveos el horizonte naranja se volvía turbio y los pájaros adormilados daban un respingo, despertándose asustados por tanta inusual alharaca.
A puro latigazo Francisco bailaba con el viento, vibraba con las notas silenciosas del esfuerzo, los músculos preparados, ágiles, elásticos. Aullaba de placer con cada nuevo salto. Se enroscaba en un abrazo inseparable; su figura y la del potro se hacían una, trenzaba y amasaba destinos, revoleaba al diablo por las orejas, tensaba las fibras de su cuerpo, se exigía al máximo, rompía los límites, quebraba el equilibrio de la sensatez, destartalaba complacencias y desataba tropeles desconocidos.
La tarea de domar un potro le fascinaba hasta lo indecible y en cada grito de júbilo que le brotaba ronco, incontrolable de su garganta, le robaba minutos a la vida, prolongaba el día hasta sentirse agotado.

doma

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