INTUTO, Perú — Amadeo García García se dirigió río arriba en su canoa y se adentró al campamento oculto y repleto de trampas donde su hermano Juan agonizaba.
Juan se retorcía de dolor y se sacudía incontrolablemente a medida que aumentaba su fiebre, pues luchaba contra el paludismo. Mientras Amadeo lo consolaba, el hombre enfermo balbuceaba palabras que ya nadie más en la Tierra entendía.
“Je’intavea’”, dijo aquel día sofocante de 1999: “Estoy muy enfermo”.
Hablaba en taushiro. La lengua, un misterio para lingüistas y antropólogos por igual, era hablada por una tribu que desapareció en la selva de la cuenca del Amazonas en Perú hace generaciones, con la esperanza de salvarse de los invasores, cuyas armas y enfermedades la habían llevado al borde de la extinción.
Una curva del “río salvaje”, como lo llamaban, albergaba a los dos hermanos y a los otros 15 miembros restantes de su tribu. El clan protegía su pequeño asentamiento con un círculo de fosas profundas, habilidosamente ocultas bajo una delgada cubierta de hojas y ramas. Conservaban jaurías de perros de ataque para evitar que los foráneos se acercaran. Incluso para finales del siglo XX, pocas personas habían visto a los taushiro o escuchado su lengua más allá de algún cazador ocasional, unos cuantos misioneros cristianos y los recolectores de caucho armados que llegaron por lo menos dos veces a esclavizar a la pequeña tribu.
Pero al final fue inútil. Sin rifles ni medicinas, se estaban muriendo.
Un jaguar mató a uno de los niños mientras dormía. Dos hermanos más fallecieron a causa de mordeduras de serpiente. Un niño se ahogó en una corriente. Un joven se desangró hasta morir mientras cazaba en la selva.
Después llegaron las enfermedades. Primero el sarampión, que se llevó a la madre de Juan y Amadeo. Finalmente, una cepa mortal de paludismo asesinó a su padre, el patriarca de la tribu. Enterraron su cuerpo en el piso de su casa antes de que la estructura fuera incendiada por completo, según la tradición taushiro.
Cuando Amadeo llevó a rastras hasta la canoa a su hermano agonizante ese día, eran los únicos que quedaban, los últimos de una cultura que alguna vez contó con miles de personas. Amadeo fue a un pueblo distante, Intuto, donde había una clínica. Una multitud se reunió en el pequeño muelle del río para ver quién era el extraño agonizante, vestido solo con un taparrabo hecho de hojas de palma.
Pronto Juan dejó de temblar y se puso rígido. Perdía y recobraba la conciencia; finalmente, alzó la vista hacia Amadeo.
“Ta va’a ui”, dijo por último. “Estoy muriendo”.
La campana de la iglesia retumbó esa tarde para informar a los aldeanos que aquel visitante inusual había muerto.
“Lo extraño fue lo callado que estaba Amadeo”, dijo Tomás Villalobos, un misionero cristiano que estuvo con él cuando murió Juan. “Le pregunté: ‘¿Cómo te sientes?’, y me dijo: ‘Ya se acabó todo para nosotros’”.
Amadeo lo dijo con pausas, en un español vacilante, la única manera en que podría comunicarse con el mundo a partir de ese momento. Ya nadie más hablaba su lengua. La supervivencia de su cultura de pronto se había reducido a un solo hombre.

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https://www.nytimes.com/…/el-ultimo-hablante-de-una-lengua…/

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