Uno de mis nietos, el que tiene cuatro años, ayer me ofreció jugar con él en la computadora.
– Susi, vení, te presto la tablet para que juegues.
En pocas palabras trató de enseñarme cómo se hacía, luego me la entregó y quedó observando mi desempeño.
– ¡Así no, corré para allá, vení acá, esperá, cortá eso!
Yo miraba el juego, los nombres de cada participante… ¿Cómo es posible que un verdugo mate a una torre, que un pájaro no tenga cabeza y su cola esté atada con una cadena al cuerpo, que el juego sea arrojarle naipes al enemigo? En mis tiempos de niña (confieso, hace como mil años atrás) los naipes eran de dos clases, de Póker y de Chin chón ¡Listo! se acabó el menú.
– ¡Yo puedo, yo puedo! –le decía.
Al ver que fallaba en todos mis intentos, él exclamó desesperado:
– Mirá Susi, jugás taaan mal, que me hacés llorar!
Y de un manotón me quitó la tablet.
Sí, señor, si uno nació en la época de las cavernas, es al ñudo que quieran explicarle por qué una carta puede matar a un superhéroe.
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