Mi vida es muuuy tranquila y silenciosa; rodeada de libros y el débil zumbido de la computadora, cuando mucho, en mi hogar se puede escuchar el maullido de mi gato pidiendo salir.
Pero uno de mis hijos se fue de vacaciones por diez días y me dejó a mis dos nietos.
Hasta aquí todo perfecto porque los chiquillos son un amor, callados y obedientes… pero ¡cataplún! se enfermaron de gastroenteritis.
Apenas un par de días más tarde mi hogar olía… ¡olía como una caballeriza! (por no llamarlo chiquero) Y el día del amigo (o sea, ya) llegaba como malón de indios salvajes.
– ¡Iá, iá, ieva ieva…!!!! –parecía escuchar a mi espalda.
Hoy su otra abuela les dijo a mis nietos que a la siesta pasaría a buscarlos para ir al cine. Además, como yo no podía salir, les sugerí a mis amigas que vinieran a almorzar.
– Situación de emergencia. Acomodemos la casa –les dije a los piojos convalecientes.
El más pequeño se armó con todo lo que encontró en el baño y perfumó los cuartos, disparando a mansalva con diferentes desodorantes ¿Su blanco? el gato.
– ¡Destruiré al enemigo! –iba diciendo mientras pasaba de una habitación a la otra y el amoroso Zamba corría delante de él, siguiéndole el juego y quedando con aroma a primavera.
Todo listo para recibir a las visitas, las mías y las de ellos. Almorzamos en paz y luego los dos peques fueron al dormitorio para esperar a su otra abuela.
Entonces se oye el timbre. En ese momento, también escucho un grito desesperado de ambos llamándome, y el teléfono comenzó a sonar. Corriendo hacia el cuarto les pedí a mis amigas que atendieran el llamado.
En la habitación me encontré con un zafarrancho; la cortina de la ventana era un bollo informe sobre las camas y la cenefa estaba a punto de caerse, sostenida apenas por un endeble tornillo.
Desesperada, de un empujón arrastré a un costado las camas, arrojé los bolsos sobre estas y estiré el brazo para ayudar a mi nieto.
– ¡No sueltes la cenefa porque se va a caer sobre tu cabeza, traigan la escalera, consigan la caja de herramientas, el destornillador NECESITO DESTORNILLADORES CON URGENCIA! –gritaba yo.
El mayor de mis nietos chillaba porque, por culpa de la barbaridad que acababa de cometer su hermano, se perderían de ir al cine; el menor lloraba sin consuelo porque no encontraba sus zapatillas, y yo tipo pulpo, colgaba de la escalera, sostenía la cenefa, atornillaba y seguía dando órdenes.
– ¡No retes a tu hermano! –le pedí al más grande, y al menor-: ¡Tu calzado está debajo de la cama! ¡Pónganse abrigo, no coman golosinas, lleven llave…!!!
Sí, señor, en ese instante mi hogar era un caos completo.
Con disimulo miré por la ventana y vi a mis consuegros aguardando pacientes en la vereda ¿Qué habrán pensado de esta vieja loca?
Ahí comprendí por qué los jueces no deciden sobre las pruebas circunstanciales; porque si debían juzgarme en ese momento, no cabía duda alguna que era la peor abuela del mundo.

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