Esta mañana, esperando mi turno en un médico, como acostumbro hacer, comencé a conversar con quienes tenía a mi lado.

Un señor me contó que su hijita había fallecido a los ocho años, de cáncer.

  • ¿Sabe, señora? Fuimos a todos los hospitales de Argentina, pero la enfermedad la venció ¡Ocho años tenía! Pero como no podía estar lejos de ella, cada mañana y siesta, durante los siguientes diez años fui al cementerio. Ahí sentía que todavía estábamos juntos. –Calló un momento, tal vez rememorándola. Mientras, yo inspiraba profundo, frenando el impulso por lagrimear, porque de cierto que es antinatural que un padre sobreviva a sus hijos. Él luego agregó-: y cuando venían esas poderosas tormentas eléctricas de verano, yo sabía que ella les temía mucho; entonces, podía ser cualquier hora, de mañana, de noche o a la madrugada, subiéndome a la bicicleta iba a sentarme junto a su tumba para protegerla.

En el lugar que te encuentres, aquí, a una cuadra, a mil kilómetros, en esta tierra o en otra invisible, siempre, siempre estaré contigo.

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