Cuando, en su reportaje radial, Adriana Coirini me preguntó qué deseaba para este año, le respondí:

  • Que las personas estén tranquilas y en paz. Con eso solo me sentiría contenta.

Creo que andamos un poco tensos y agresivos, sin tiempo para disfrutar de las pequeñas cosas de cada día.

Una semana atrás iba caminando con tres de mis nietos. Ellos viven en Higueras, un pueblo aquí cerca. En el trayecto a mi hogar el más pequeño saludó a todos aquellos con quienes se cruzó:

  • Buen día. Hola ¿Qué tal? ¡Hoola! –les decía, levantando su manito cada vez.

Nadie, ni una sola persona le respondió. La mayoría lo ignoró y unos pocos, directamente lo miraron con cara de tigres enjaulados, como diciéndole:

  • ¡Qué niño bobo!

Al final me sentí  tan incómoda por la indiferencia de los riocuartenses, que le dije:

  • No te preocupes ¿Sabes, Lorenzo? En esta ciudad no están acostumbrados a saludar.

Uno de sus hermanos, algo mayor, con esa simpleza característica en los niños, buscó disculparlos.

  • Son tímidos.

Miré al cielo y sonreí, deseando que nunca perdieran tanta inocencia y también, rogando para que se nos despertara esa amable cortesía que tanto brinda y nada quita y que, entre tantas inquietudes cotidianas, perdimos.

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