Me enoja mucho que los pesimistas se molesten porque somos felices. ¿Será envidia, celos, egoísmo o incapacidad para percibir lo que las personas alegres pueden notar?

Soy alegre y disfruto de cada instante de la vida. Intento apreciar la belleza incluso en los ínfimos soplos de aire, de la primavera emergiendo o del otoño cerrándose; del calor o el frío insoportables porque sé que alguna vez disminuirán. Me complacen los momentos que comparto junto a la gente alegre y sencilla, ya que acompañan mis predilecciones, y junto a los malhumorados y complejos, porque con sus actitudes me demuestran de quiénes debo alejarme. Quiero pegarme a los seres risueños que derrochan hermosa energía, reconociendo que a veces fingen para no mostrar sus pesares (todos los tenemos), y de vez en cuando pierdo tiempo deteniéndome a analizar a los negativos, ya que con su comportamiento aprendo de qué debo alejarme. Aprecio los instantes buenos y también, los malos; los buenos, porque llenan mi espíritu, y los malos, porque me enseñan cuán lejos de ellos se encuentra lo que realmente tiene valor.

Y si a alguien le molesta mi risa, la virtud de sobreponerme ante los inconvenientes o de sonreír a pesar de sentirme acongojada, entonces lamento su incapacidad para ver la belleza que existe en todo ello.

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