Hoy, que se debate si los autores autopublicados valen o no (debate innecesario porque nadie nos obliga a leer a este o aquel autor) recuerdo mis humildes inicios como novelista. No fui de las bendecidas por una gran editorial, por más que en reiteradas ocasiones les envié mis escritos, sino que debí hacerme lugar pagando por publicar mis novelas.
Cuando la primera vez le dije a mi familia que pondría 30.000$ (más o menos esa cifra fue a valores actuales) para imprimir una de mis novelas, me respondieron:
– Bien, si es tu deseo tirar 30.000 a la calle…
Aun así insistí y lo llevé a cabo.
También recuerdo que durante una charla en que los alumnos de cierta escuela de pueblo me hacían preguntas, uno de ellos inquirió:
– ¿Cómo hace para publicar sus novelas?
Entonces le conté mis esfuerzos y los caminos que había seguido. Al escucharme, la profesora espantada abrió enorme sus ojos y comenzó a recular, sin duda arrepentida de haberme invitado porque creía que yo era famosa e importante, valorada por las más grandes editoriales; en cambio venía a enterarse de que simplemente era un ser humano como cualquiera de los varios que estaban en ese salón.
Sí, reconozco que soy ni más ni menos que esto, una mujer medio disparatada y algo extravagante que tuvo el coraje de cumplir su mayor sueño.
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