El ego es ese tipito interno que nos lleva a ser más de lo que ya somos. En su justa cuota es bueno porque nos ayuda a sobrevivir, nos motiva a estudiar, a mejorar nuestro aspecto general, a destacarnos en algún tema, a cuidarnos… pero en exceso, nos destruye. Y cada quién tiene sus puntos neurálgicos, algunos lo alimentan con aplausos, otros, al recibir un premio, otros, mirándose al espejo, algunos, peleando o imponiéndose al precio que sea. Yo le doy de comer cuando estoy con mis nietos.

Ayer pasé la tarde con varios de los míos y luego de jugar ajedrez, armar un pueblo indígena con playmobils, deambular por las calles mientras inventábamos algún juego y de tomar helados, regresamos a mi hogar. Al entrar, uno de ellos me dijo:

  • Cuando estoy con vos, Susi ¡soy tan feliz!

Otro expresó:

  • Este ha sido el mejor día de mi vida.

Sonreí, mi pecho se infló y mi corazón saltó, haciéndome cosquillas, repleto de alegría.

En esos instantes estoy absolutamente convencida de que no podría ser más feliz, y una vez más recapacito, comprendiendo que son los diminutos incidentes los que nos destruyen o nos elevan al cielo.