Hoy papá cumpliría noventa y un años. Pero nunca quiero recordarlo anciano, quiero recordarlo como lo vi en un sueño que tuve no hace mucho.

En él entraba a una iglesia, sitio donde muchas veces acudo para recogerme y calmar mis ansiedades, esas que los humanos vamos acumulando a lo largo de la vida vaya uno a saber por qué.

El amplio recinto se encontraba vacío. Apenas una sola persona estaba de espaldas a mí, sentada en uno de los bancos.

  • ¿Papá? –pregunté asombradísima mientras me acercaba, porque él no solía ir a las iglesias.

Se dio vuelta sonriente ¡Sí, era él! Pero casi no lo reconocí porque mi papá era un hombre muy serio, de pocas sonrisas y muchos cuestionamientos. Asustaba a veces. Sin embargo ¡lo encontré tan diferente! Tan feliz, tan satisfecho.

  • ¡Papito lindo, qué hermoso estás! -Se lo notaba alegre, relajado, con sus ojitos chispeando como cuando solía hacernos alguna picardía. Lo abracé con fuerza, mucho mucho, sin querer soltarlo- ¡Se te ve fantástico!

Él me dejó hacer. Después me alejó un poco y lleno de ternura me dijo:

  • Suelta tus pesares, hija, deja volar globos de colores. Arroja papelitos al aire ¡Vamos, disfruta de la vida! –volvió a sonreírme largo- aunque no lo creas, todo está en orden.

Hoy, tal vez porque es su cumpleaños, lo traigo a mi memoria y una vez más agradezco su consejo.

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