En el atardecer del 11 de abril de 1870 una partida de 104 hombres armados hicieron ruidosa irrupción en San José, palacio donde residía Urquiza. Venían a apresar al gobernador y caudillo a los gritos de:
– ¡Abajo el tirano Urquiza! ¡Viva el general López Jordán!
Un grupo de cinco se encaminó a las dependencias privadas del dueño de casa.
El general que estaba tomando mate debajo del corredor se incorporó, sorprendido por el bullicio y, comprendiendo que se trataba de un asalto, gritó:
– ¡Son asesinos! – Y corrió a proveerse de un arma. Los asaltantes se acercaron. – ¡No se mata así a un hombre en su casa, canallas! – Les espetó, haciendo un disparo que hirió en el hombro a uno de ellos.
Álvarez entonces le tiró con un revólver, y le pegó al lado de la boca.
Cuando se abrió el ataúd de Urquiza, y antes de que el cadáver se desintegrara al contacto con el aire, se comprobó que sus dientes de oro habían desviado la bala, impidiendo que falleciera por ella.
El general cayó en el vano de la puerta y en esa posición Nico Coronel le pegó dos puñaladas y tres el cordobés Luengo cuando ya la señora Dolores y Lola, la hija, tomaban el cuerpo y lo entraban en una piecita en la cual se encerraron con él yendo a recostarlo en la esquina del frente. Allí se conservan hasta ahora las manchas de sangre en las baldosas.
 
Estuve en el palacio hace unos días y saqué una foto de la sangre en la puerta y una bala en la pared, y de sus dientes de oro. Aquí las pongo.
¡Fascinante historia argentina!
20150828_125721 20150828_125705