Lo que antecede no lo escribí yo; sin embargo, si lo transcribo es porque me sonó a gran verdad.

 

En la amistad avanzamos a paso seguro, primero conociendo a nuestro futuro amigo en las repetidas ocasiones en que nos juntamos, luego haciéndonos cada vez más íntimos porque nos buscamos adrede, uniéndonos por afinidad de pareceres y no por algo más recóndito y dominante que nos maneja el ser completo; muchas veces, impidiéndonos pensar con congruencia.

La amistad es esa relación livianita que nada compromete, nada obliga, y mucho da.

 

Así tendrían que resultar las relaciones sentimentales; ligeritas, como avanza con suavidad la marea, abarcándolo todo de a poco.  Tranquilo, como haciéndose el distraído, llega el amor.

Los árabes dicen: el amor crece en la convivencia.

 

Sí, claro, estoy de acuerdo con ustedes; cuando la pasión llega como creciente de un río después de una tormenta estival, atropellándolo todo  y cubriendo cada centímetro de nuestro ser, eso también es maravilloso.

Pero ¿Cuántas veces nos damos contra una pared de granito luego de creer que estábamos absolutamente enamorados?

  • ¡Epa! No resultó ser como pensaba ¡qué oculto tenía su verdadero temple, el muy descarado mocito! – nos decimos al romper una relación, sintiéndonos defraudadas en nuestro sector más sensible, el alma; y habiendo ignorado las señales, porque estas siempre existen.

¡Y cómo duele esa clase de dolor!

 

Entonces, que no les parezca extraño si alguna vez escuchan a una ancianita decir, recapacitando sobre las predilecciones en su larga vida:

  • ¿Amores? ¡Uf, sí, tuve muchísimos! – sonríe con ternura y comienza a explicarnos – ustedes son mis amores, también mis parientes más queridos, mis amigos, mis innumerables mascotas, todos aquellos que de una u otra forma han participado activamente en mi existencia… – sin mencionar a las parejas, porque nunca llegaron a esa afinidad de corazones.el beso