Esta siesta, como suele hacerlo en reiteradas ocasiones, uno de mis hijos se recostó a mi lado mientras yo escribía en la notebook.

  • ¿Qué escribes? – me preguntó.

Días atrás habíamos tenido una pequeña diferencia de opiniones.

  • Algo dedicado a vos.
  • ¡Leelo, leelo!

Negué con la cabeza.

  • No quiero hacerlo porque sé que se me van a caer las lágrimas.
  • ¡Epa! ¿por?
  • Porque es algo muy del corazón.
  • Ahora sí estoy interesado.

Tanto insistió, que comencé a leer, pero a cada momento callaba porque un ardor en la garganta me impedía hablar. Le contaba las raíces de ciertas actitudes en el ser humano, de cuán afortunado es – y soy – por la familia que tiene, y le contaba sobre mi amor hacia él, mi hijo.

Al final, y tal como suponía, mi voz se quebró y las lágrimas brotaron incontenibles.

  • ¿No puedes evitar llorar? – expresó casi enojado.

Algo intrigada, fruncí el ceño y le pregunté:

  • ¿Acaso nunca te emociona una situación, no te estremeces ante una noticia, nunca se te hace un nudo en la garganta, nunca se te desliza un lagrimón ante una escena sensible ni se te pone la piel de gallina porque te has perturbado profundamente?

Él ni siquiera se detuvo a meditarlo.

  • No, jamás.

¡Vaya! me quedé pensando ¿acaso el conmoverse hasta las mismas vísceras, el llorar por una película tierna, o sentirnos sacudidos por un evento, es sólo algo inherente a las mujeres?

De ser así, entonces los hombres me producen lástima porque ¡cuánto se pierden!

ojos llorando