Hace uno días, en el primer café literario organizado por nuestra querida Ana María Tabasso, una de las maestras que pasó al frente a relatarnos su historia dijo esta frase:

  • No me lastimes con tus ojos.

Entonces, metiéndome en mis continuas ensoñaciones, recordé a mi tía poetisa. Ella decía que vivía enamorada.

La recuerdo con sus ojos color agua transparente, la sonrisa eterna y una voz que empalagaba, encandilando a cualquiera que la escuchara; y yo era una de esas que le presaba atención embobada.

Ella se había separado hacía años ya, y luego, sus candidatos se volvieron numerosos, quizás  por ser ella una mujer hermosa, culta y con dinero. Además, escribía de maravillas, deleitando a los lectores con sus apasionados versos.

En uno de mis libros, la frase que lo inicia es de ella, y el título de esta nota es parte de la misma.

Uno de sus galanes fue el mismísimo abogado que le llevaba el juicio de divorcio, quien no obtuvo respuesta de parte de mi tía. Otro fue el comisario del pueblo, quien la llamaba por teléfono y la seguía en su bicicleta. Los alumnos de mi tía decían que ella jamás estuvo tan bien cuidada.

Cuando me contó que finalmente había encontrado al amor de su vida, ella tenía 70 años, y él 45.

  • Estamos tan pero tan enamorados, que nuestro amor no nos permite dormir ni comer.

Y lo contaba con mirada perdida e iluminada, probablemente rememorando instantes.

Sin embargo, más que alguna miradita cuando se cruzaban por los pasillos de algún salón de artes o cuando había un evento cultural y coincidían en presencia, no existió otra cosa entre los dos.

Aun así, mi tía aseguraba que bastaba con esas poderosas miradas para sentirse los seres más amados del mundo, y con esos instantes de encuentro, potenciaban su amor latente.

soñadora