Más fácil, imposible

 

Me encanta cocinar (bué, eso ya está sobre entendido ¿no?) y en especial, elaborar recetas fáciles donde, además, puedo utilizar las verduras o los frutos que en ese momento están baratos.

Suelo ir a la verdulería de mi barrio, y cada vez, les pregunto si tienen algo en oferta (¡pesada la chica…!).

Cuando aparezco, la dueña le dice a la empleada:

  • Dejá, yo la atiendo – y allá viene a mí con cara de resignación y armándose de paciencia – sí, señora, hoy las uvas están a 10 pesos los 10 kilos – me dijo un día, como para saciar mi ansiedad.

¡Imaginen! ¿cómo no aprovecharlas?

Al recibir la enorme caja, esta chorreaba zumo de uvas, y las moscas me perseguían hipnotizadas por el aroma dulzón que despedía a mi paso.

Un señor se ofreció a llevármela.

El pobre santo colaborador llegó a mi hogar teñido de morado, todo chorreado con el delicioso jugo de las uvas demasiado maduras. Y luego de dejar tan pegajoso paquete, se alejó a los manotazos porque un enjambre lo persiguió hasta su hogar.

No lo volví a ver, claro está. Aún debe encontrarse intentando quitar el color borra vino en sus prendas de vestir.

Llegada a mi casa lavé las uvas, les quité el cabo, y simplemente las puse a cocinar en una olla gigante, sin agua, sin azúcar y sin saborizante (a quien le agrade más dulce, puede incorporarle azúcar a gusto).

Dos horas más tarde, el aroma que se sentía en mi cocina era exquisito.

Cuando consideré que el dulce estaba listo, en su punto, lo saqué del fuego y lo pasé por un tamiz para quitarle las semillas.

Por último, lo envasé en frascos previamente esterilizados con alcohol.

¡Bon apetit!dulces caseros