Todos los veranos íbamos de vacaciones a una casita que teníamos en las serranías cordobesas. Nuestra cabaña se encontraba ubicada frente a un lago, por lo tanto, cada actividad realizada en la playa no nos pasaba desapercibida.

Cierta mañana, cuando apenas comenzaba a amanecer y los pajaritos andaban entremezclados con el serrucho penetrante de las chicharras, escuché como nota discordante en esa sinfonía silvestre un silbato resonando agudo.

  • ¿Y eso? – dije por lo bajo, porque el resto de mi tribu todavía estaba durmiendo.

Con el mate y el termo en la mano salí a ver quién podía andar tocando el silbato a esa hora de la madrugada.

Sí, eran nada más que las 6.

Allí vi, parada delante del lago y en fila india, a la familia de mi vecino. ¿Y qué estaban haciendo? ¡gimnasia!

Lo que yo escuchaba eran los silbidos del padre dándoles las indicaciones en los cambios de postura a sus cinco hijos y a su esposa.

Agucé mi vista para intentar adivinar los gestos de los jovencitos… ¡se los notaba felices! Obedeciendo fielmente lo que su padre les ordenaba.

Con el paso de los años continué viéndolos en diferentes ocasiones, y seguían manteniéndose unidos y llenos de alegría, quizás copiando en algo la estricta rutina del progenitor.

Sí, de vez en cuando un poco de rigor nos viene bien a todos.amigos